Cuanto más nos separamos de su tiempo, más su figura se agiganta, tal vez, porque nos demuestra todo lo que nos falta y más necesitamos como país.
Para mí, como para tantos, Alfonsín significó el fin del exilio. En ese idilio del regreso y el reencuentro con el país, hicimos lo que se hace en los idilios, poner en el otro todo lo que nos falta. Así, depositamos en aquel abogado de Chascomús toda nuestra ilusión. Por culpa u omisión ante el terror de la dictadura, el mundo también lo engrandeció. Y Alfonsín, como nunca antes en nuestra historia reciente, fue el Presidente de todos los argentinos. No había, entonces, veredas enfrentadas. Pero como adolescentes políticos, le exigimos mucho más de lo que podía darnos como el primer Presidente después del terror, sin saber, entonces, que a la democracia debíamos construirla entre todos.
Viví como cronista, aquel cierre de campaña en la Avenida 9 de Julio, en nuestra antipática megalomanía, la “mas larga del mundo”, el mismo lugar en el que tan solo días antes, la quema del cajoncito de Herminio Iglesias, con sus llamas de fin de campaña, soltó los fantasmas y ahuyentó los votos. El triunfo electoral de Alfonsín se vivió antes como un triunfo partidario, sin la generosidad de entender que en realidad, los argentinos, indistintamente, habían rechazado en aquel cajoncito lo que no queríamos, la violencia política, esos tiempos en los que cada muerte se vengaba con un nuevo cadáver. Entonces, celebramos el advenimiento de la democracia, sin llorar por la humillación de una guerra perdida. Nos abrazamos en la alegría de la promesa de libertad, sin reconocernos en el dolor que nos desquició como país. Sólo cuando los jerarcas de la muerte fueron obligados a comparecer a los tribunales comenzó a disiparse la oscuridad: El Juicio de las Juntas reconstruyó a lo largo de ocho meses el rompecabezas macabro del terrorismo de Estado. La descripción de las torturas, la modalidad de los secuestros parecían la luz de un reflector. Sin embargo, con el tiempo se reveló que apenas era la luz tenue de la vela. Hoy lo sabemos: para dominar el pasado no alcanza con la sola exposición de la tragedia personal de los sobrevivientes. Es probable que ningún pasado pueda dominarse. Pero si la reconstrucción del pasado nos vuelve a enfrentar, triunfó, una vez, el autoritarismo que nos desquició.
Sólo por sentar a los dictadores en el banco de los acusados, Alfonsín ya ganó el pedestal de la historia. Un Juicio que sólo fue posible por el coraje de las víctimas, la “locura” de las madres que increparon al poder de la dictadura, por el compromiso de ese gallego llamado Alfonsín que fue uno de los pocos dirigentes políticos que se involucró en la denuncia de la violación a los Derechos Humanos. Mas tarde, los jueces que condenaron a los jerarcas de la dictadura, al ordenar en la sentencia el enjuiciamiento de los torturadores, fueron más allá de lo que el mismo Alfonsín había diseñado como estrategia de pacificación. En aras de la verdad, otra hubiera sido la historia si ganaba Luder, quien ya había negociado con los militares una autoamnistía. Por eso, nadie puede arrogarse hoy el patrimonio de los Derechos Humanos. Las víctimas sólo tenemos autoridad para testimoniar lo que sucedió, pero eso no nos da derechos para organizar la sociedad en la medida de nuestro despojo.
Desde el inicio de la democratización, la promesa de un futuro en libertad quedó encadenada a ese pasado que en Argentina no termina de pasar porque se impuso como terror. Nuestra mejor energía fue utilizada en revisar y condenar ese pasado. Fuimos más lejos que nadie, y por eso, tal vez, postergamos lo que hoy nos increpa, la construcción de una nueva cultura democrática, la que respete el disenso y haga del diálogo la forma de la convivencia política.
Sin embargo, fueron las crisis económicas las que impusieron las cifras sobre el valor y en la medida que nos fuimos separando de aquel pasado que nos unió en el temor o la esperanza, reapareció la otra vereda, la que nos enfrenta por pensar de manera diferente. Como prueba, los funerales de Raúl Alfonsín, donde muchos dirigentes políticos remarcaron las diferencias, como si dijeran: miren que humano soy, lloro al que no es mi igual.
¿No será que la tristeza que recorre el país expresa esa carencia? Ya no la pérdida del padre, sino la orfandad ante nosotros mismos por lo que no supimos construir: una país de todos, subordinado a una legalidad de valores compartidos. Si el espacio público es, como dice Arendt, el lugar donde los hombres y mujeres mostramos lo que somos, en lo mejor y lo peor, en el llanto compartido por la muerte de Alfonsín, los argentinos estamos añorando aquel tiempo en el que apostamos a la esperanza de vivir sin otras veredas que no fueran las de la normalidad democrática.
¿Acaso no había detrás de la promesa “con la democracia se come, se educa y se sana”, la idea de Derechos Humanos, ajenos a nuestra tradición autoritaria y asistencialista, que aún no incorporamos como cultura política? De lo que se trata ahora, es que podamos crecer sobre nosotros mismos y hacer carne lo que sí nos deja Alfonsín, un ideario de unión y superación de las viejas antinomias que en su época no entendimos, y menos construimos. Ya sin padres políticos, sólo nos resta la madurez política para construir una autentica cultura democrática. El único antídoto al autoritarismo. Gracias Alfonsín







