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Señor presidente: Usted no es Raúl Alfonsín ¡deje de usar su nombre!

Por: Escuela Raúl Alfonsín

Nuestra Asociación no habitúa hacer estas declaraciones, Señor Presidente. Nuestro objetivo, la razón de ser que le dio origen a la Escuela Raúl Alfonsín, es contribuir al campo científico, político, académico y al estricto debate de ideas, incursionando en el estudio de la Historia, la Sociología, la Teoría Política, la Economía, etcétera, tanto en su esfera local y nacional, como en la regional e internacional.


Sin embargo, usted y sus dichos nos han empujado a hablar. Y a tomar posición. Nuestra posición. Porque aunque jóvenes y modestos, tenemos el honor de llevar el nombre del Padre de la Democracia, y sentimos la responsabilidad de defender su memoria y su legado. En ese sentido, la incomodidad que surge de elaborar este tipo de declaraciones es insignificante ante la necesidad de justicia, de redención, y hasta el sentimiento de orgullo herido. El debate noble de ideas, tan enaltecido por Alfonsín, se vería dañado con nuestro silencio.

Las conciencias gritan y elegimos escucharlas. No podríamos llamarnos, sino, radicales.

Usted ha mencionado mucho el nombre de Raúl Alfonsín. Lo hizo en la campaña, sacándose fotos con sus libros, o citándolo inescrupulosa y vagamente. Lo hizo en su discurso inaugural de las sesiones del Congreso. Y lo continúa haciendo repetidamente a lo largo de este extraño 2020.

A pesar de todo ello, y por más que publique en sus redes continuamente sobre él, lamentamos decirle que entre Raúl Alfonsín y Usted, hay un abismo de diferencia.

Podríamos elaborar un extenso documento, si nos aventuráramos a explayarnos en el porqué de nuestra sentencia (y estamos plena y totalmente seguros de ella). Podríamos enumerar cuántas veces Usted y, más aún, el espacio que integra, han obrado en franca oposición a la filosofía y la acción de la Unión Cívica Radical, de la que Raúl Alfonsín fue el último gran intérprete. Por más que griten y pataleen, por más que invadan las redes con publicaciones y las aulas con cuadernillos y profesores militantes, el progresismo que sostuvo aquel nunca, jamás, se equiparará al de ustedes que, en honor a la verdad, de progresismo no tiene nada.

Y sobran, como le decimos, ejemplos. Pero no queremos detenernos en todo ello, ni venir a golpearlo con duras críticas. En ese aspecto no comulgamos, tampoco, con la prédica de algunos importantes medios de comunicación. En definitiva, apelamos a la ya vieja y arraigada costumbre argentina de condonar las deudas y los pecados que de manera profusa cometió su espacio político. Y Usted mismo. Pero nos interesa el futuro. Que como este presente, lo compartiremos todos los argentinos y argentinas.

Queremos, más bien, enfatizar sobre cuestiones conceptuales. Sobre las ideas que constituyen el núcleo de la lucha de Alfonsín. Porque el camino que él reabrió para los argentinos Usted no ha elegido transitarlo. Ni, probablemente, ninguno de su espacio. Pero es imprescindible –y a eso apuntamos– que se lo retome. En el ejercicio de su actual cargo, Usted ya ha llegado tarde, muy tarde; pero tiene en sus manos la posibilidad y el deber de conducir al país por la senda que Raúl trazó.

¿Y en qué consiste ese camino? ¿Puede, acaso, resumírselo en un puñado de líneas?

Con certeza, no. Pero venimos a refrescarle y resaltarle los conceptos más básicos. Que aunque suenen elementales, resultan ser extraordinariamente difíciles de ser llevados a la práctica. Lo prueba el hecho de que no sólo los de su espacio están a la altura, sino muchos que dicen ser “radicales”.

Conceptos que más que nunca, y justamente por la crisis, Usted debe respetar: diálogo serio y noble, honestidad intelectual, búsqueda tozuda de consensos, honor y cuidado en el uso de la palabra, moderación, serenidad, sentimiento de fraternidad y sensibilidad hacia el otro, hacia el que piensa distinto.

No decimos nada nuevo, nada demasiado técnico ni científico. Pero sólo con ellos podrá Usted, y podremos nosotros como Nación, atravesar esta excepcional crisis. No gaste su tiempo en comparaciones mentirosas, en expresiones demagógicas, en manoseos de la historia y en insultos a la inteligencia de los ciudadanos. Inviértalo, más bien, en esa durísima lucha por el consenso, tan ausente en la moderna y nefasta costumbre política argentina.

La crisis es horrible y un escalofrío nos recorre a los que nos preocupa el futuro del país y del continente, al pensar en las horribles circunstancias que pueden devenir. Sin embargo, la crisis abre una ventana, una oportunidad única para que esta Nación, a menudo fanática y fratricida, pueda encontrarse con sí misma, pueda ver a sus hijos e hijas optando por el sagrado camino de la hermandad, de la solidaridad, del consenso, de la vida y de la paz.

Deje de compararse. Deje, por favor, de dañar el debate llenándolo de deshonestidad, embarrando la cancha, mintiendo, vociferando. La hora demanda sinceridad, debate serio y desprovisto de odios. La chance de convocar a una Gran Mesa Nacional, o un Gran Consejo Económico y Social, o como quiera llamarle, aunque ya ha llegado tarde, sigue ahí, en sus manos. No siga dejando pasar la enorme oportunidad que el destino le puso en las manos.

Estamos convencidos que si Usted es honesto y abandona el camino al cual nos tiene acostumbrado su espacio político (mire lo que hacen sus amigos en Tucumán, Santiago del Estero y Formosa), y elige transitar el de la fraternidad y el consenso, va a tener a la gran mayoría del país detrás suyo. Pero necesita, para ello, sinceridad, honestidad intelectual, buena fe. No es ni será nunca Raúl Alfonsín; pero puede, aunque tarde, honrar su memoria, y lo hará con una acción sana y noble, y no con comparaciones que no son otra cosa que demagogia.

No tenemos dudas que la gran mayoría del país lo acompañará en esa causa. Y ratificando nuestro compromiso con el camino de la vida y de la paz, por el que luchó el gran Raúl, estará también esta modesta Escuela. Si opta por transitarlo, claro.

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