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Raúl Alfonsín el profeta del rezo laico

Por: Sergio Oviedo

Alfonsín y otros luchadores por la democracia y la libertad, entre los que se encuentran mis abuelos Tomás y Rito, me enseñaron que la política es movilización, pasión, épica histórica, es la a vocación y la necesidad humana por concretar un sueño superador. Si no tenemos eso, solo queda la decadencia de estos años, sólo queda el cinismo y la corrupción. Quienes asumen la política como la herramienta de la Democracia no pueden considerase y conformarse con ser sólo gerentes ni utópicos obsesivos.


.»…Es como un rezo laico, una oración patriótica, que si alguien distraído al costado del camino cuando nos ve marchar nos pregunta; cómo juntos, hacia dónde marchan, por qué luchan. Tenemos que contestarle que luchamos, que marchamos, para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino…».

Y con ese rezo laico pretendo recordar al PRESIDENTE, el maestro, el amigo…como quien recuerda a su viejo, siempre dispuesto para el buen consejo y para compartir sabiduría.

Como se dará cuenta el lector, este escrito no constituye un ensayo que remarque las virtudes políticas de Raúl Alfonsín, la ocasión no es para eso.

Por el contrario es para recordar a ese Alfonsín que nos cautivó en los ochenta, ese amigo, “el viejo”.

Allá por finales de 1982 y principios de 1983, el profe de Instrucción Cívica, quien además nos daba Historia y Geografía, se había olvidado hacía tiempo de los contenidos del programa y en sus tres horas continuadas nos hacía un combo de Civismo, historia y geopolítica y en ese acto nos enseñaba a pensar en lo que hoy llamarían de manera sistémica, nos sacó de los libros programados por el ministerio de educación de la dictadura  para llevarnos a conocer a autores como Gálvez, Del Mazo, Mitre, entre otros que nos permitían ver a nuestro país desde diferentes enfoques y que nos enseñaban a aceptar diferencia en una construcción democrática, en eso estábamos cuando apareció un tipo de bigotes que hablaba bien y que parecía interpretar nuestros pensamientos de jóvenes con ansias de libertad. Dura marca nos había dejado Malvinas y de a poco comenzábamos a descubrir que no éramos tan derechos y humanos; se nos caía el velo y enfrente nuestro aparecía el horror oculto de la violencia de estado. Allí apareció como un predicador de libertad, hablando de pluralidad de consensos, de que era posible salir de la noche, que el lugar de venganza había que hacer justicia, y que la herramienta era la Democracia.

Lo primero que rescato es ese tipo fanático de la Democracia. El que educo y me educo en que la democracia no es solo un sistema de gobierno, que eso sería muy pobre,  sino que la democracia es una profunda forma de entender la vida. Ese Viejo predicador se sabía democrático y nos invitaba a que todos lo fuéramos.

Ese amor por la Democracia y la libertad, el fervor y la pasión puesta al servicio de la nación nos llevaba a soñar con esos héroes heroicos de la independencia, con esos héroes de tierra adentro y de tierras afuera que construyeron un país. Ese es Alfonsín, el que supo darnos la antorcha de la lucha democrática por una sociedad mejor y más justa.

Predicador que no imponía, convencía, persuadía. No atropellaba, porque tener la mayoría, era una herramienta de construcción  de “consenso”.  Me animo a  afirmar que no sólo estaba “persuadido”, que la persuasión era reflejo fiel de su respeto al otro. Otro, al que  jamás  obligaría, ni doblegaría. Al que jamás trataría de vencer, porque la dignidad de eso otro, era parte dela propia. Dignidad surgida de la honestidad y la conducta en las convicciones.

Alfonsín y otros luchadores por la democracia y la libertad, entre los que se encuentran mis abuelos Tomás y Rito, me enseñaron que la política es movilización, pasión, épica histórica, es la a vocación y la necesidad humana por concretar un sueño superador. Si no tenemos eso, solo queda la decadencia de estos años, sólo queda el cinismo y la corrupción. Quienes asumen la política como la herramienta de la Democracia no pueden considerase y conformarse con ser sólo gerentes ni utópicos obsesivos.

Raúl Alfonsín, para quienes lo conocimos y asumimos su legado, es como nuestra familia que, amén de los errores, siempre nos recuerda que tenemos una historia como pueblo y nación que es noble y perfectible, que no tiene relato, y de la cual somos los artífices. Nos recuerda que en nuestra vida hemos coleccionado frustraciones, pero también momentos históricos y eternos de gloria.  Así ocurre, como en las familias, cuando alguno pierde el rumbo, siempre va a estar “el viejo”, con su rezo laico que te levanta para resurgir de las cenizas.

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