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Fútbol, política y Alfonsín, «el gran cabrón»

Por: Escuela Escuela Raúl Alfonsín

Entrevista a Ezequiel Fernández Moores

Fernández Moores, periodista de reconocimiento internacional. Escribió para Página 12, The New York Times, La Vanguardia y, actualmente, para La Nación. Es autor de las obras «Juego, luego existo» y «Díganme Ringo».


– De todas las encrucijadas e incertidumbres que le plantean la cuarentena y la profunda crisis económica al deporte en Argentina, ¿cuáles le preocupan más?

Pienso primero en los deportistas, en lo particular y lo complejo para ellos en este parate. El cuerpo es una herramienta esencial para su trabajo, y no todos tienen jardines, palacios, mansiones, espacios, para seguir trabajando ese cuerpo, y necesitan de eso, y no poder hacerlo seguramente debe provocarles. Acaso menor para quienes pierden trabajo o familiares, pero hablando de deporte, es una complejidad extra. Y segundo, pienso en la gente, la gente que ama el deporte y quiere ver al deportista en acción, y especialmente a los más futboleros que creen que tienen que estar allí cada vez que su equipo juega, y como vemos en otros países, en Europa sobre todo, el fútbol volvió sin ellos. La gente, pese a estos tiempos modernos, sigue siendo componente clave del espectáculo futbolero.

– ¿Concuerda con la decisión que tomó la dirigencia del fútbol argentino de suspender los torneos, a pesar de que otros países no lo hicieron?

La comparación con Europa es imposible, las curvas descendieron y se consideró que ya se podía jugar, en situaciones irregulares, claro (sin público), y apurados por los tiempos y por la dependencia de los dineros de la televisión, sino no habría fútbol, porque es muy raro cómo se está jugando, convengamos eso. Y cada país parece resolverlo a su modo: Alemania, muy “a la alemana”, con una organización y previsión casi impecables; Rusia eliminó equipos en plena competencia, ¿qué clase de torneo es ese? “Ah, como el rival tiene 5 jugadores por la pandemia, queda eliminado del campeonato”. No está bueno eso. Con respecto a esta zona, vemos a Brasil que ya está jugando y no es serio, yo no lo puedo tomar de modo serio, desde el presidente Jair Bolsonaro hasta sectores de su sociedad que consideran que la pandemia es una tontera, y que la desafían y se burlan de la muerte. Yo no creo que se pueda volver a jugar al fútbol cuando estás todavía contando los muertos. Entiendo que Europa haya vuelto, aun teniendo muertos en cada jornada, pero las curvas ya eran claramente descendentes, cosa que ni aquí ni en Brasil sucedió, entonces la vuelta al fútbol fue una cuestión meramente política, impulsada por un presidente que se alió a un club muy popular como Flamengo para fortalecer su campaña política, y el club se prestó a eso. No creo que es un buen ejemplo para comparar. El fútbol argentino tiene que evaluar y debatir sobre cómo y cuándo volvemos, no se puede quedar dormido, y su industria futbolera debe pensar en eso claramente. De ahí a compararse con que en Europa ya se está jugando, sin tener en cuenta los factores que mencioné anteriormente, me parece ridículo.

– ¿Qué opinión le merece la dirigencia de AFA, de la reelección unánime de Tapia y del hecho que no haya habido una lista de oposición?

No sé si importa mucho lo que yo opino de la dirigencia de AFA. Muchas veces leo a periodistas que se colocan por encima de situaciones y es algo que no comparto, nunca fui más papista que el Papa –bueno, nunca fui Papa (risas) –. Si toda la dirigencia del fútbol consideró que Tapia era su conductor, y lo decidió de modo unánime, es una decisión del fútbol. Si lo hubiesen hecho con una pelea que terminaba en 38 a 38 o en un 39 a 38, decíamos que era una vergüenza; pero si lo hubiesen hecho después de un debate democrático, algunos hubiesen dicho “uh, estos que no se pueden unir ni aun en la pandemia”. Hay algo interesante de la unidad, realmente. Ahora, si esa unidad fue lograda sólo en base a prebendas y a eliminar el disenso, es otra cosa. Pero la verdad que hay dirigentes que votaron a Tapia que no creo que hayan sido arrastrados de la oreja como niños a votar a su maestro. No, no me imagino eso. Me parece subestimarlos demasiado. Si lo decidieron, por algo lo habrán hecho. Es más, esa elección del 38 a 38 reflejaba un claro y fuerte debate. Yo estoy re contra a favor del debate, para eso está la democracia, para garantizarnos el disenso. Pero también es válido que el disenso sea interno y que después digan “bueno, ahora votamos esto”. Si eso fue así (y hubo parte de eso que fue así, y parte que no), me resisto a hablar de “dictaduras” y de dirigentes que van como ovejitas de rebaño.

  – El torneo volvió a cambiar, y ahora la Superliga mutó en la “Liga Profesional de Fútbol”. ¿Cree que al fin tendremos una continuidad con estas nuevas reglas o, por el contrario, tampoco las respetaremos y la Liga tendrá vida corta?

No soy futurólogo, y menos en el fútbol argentino, que lleva una década cambiando torneos y formatos. Sí diría que la Superliga fue impulsada y creada desde el poder político, no desde el poder del fútbol. Y que esta decisión de la Liga Profesional es más del poder del fútbol. Me sorprende, tal vez, que algunos dirigentes que votaron muy convencidos a favor de la Superliga se hayan alineado tan convencidos a esta nueva Liga. Me gustaría que explicaran mejor el porqué del cambio. Algunos lo han explicado, pero algunos que han sido más coherentes, que no estaban de acuerdo en su momento con la Superliga. Yo creo que los clubes del fútbol argentino tienen una atipicidad, que es el poderoso vínculo que tienen con su comunidad, con su barrio, y esa estructura que se dedica a atender buena parte de las necesidades y actividades de la comunidad en la que se desenvuelven. O sea, no es sólo fútbol. El fútbol no son sólo once jugadores que salen a la cancha y una tabla de posiciones de un campeonato: es una actividad mucha más profunda, y entiendo que en épocas de pandemia se quiera cuidar esa estructura, ¿cómo no entenderlo? Dicho esto, digo también que debería haber un mayor debate tal vez, porque, por ejemplo, se les fue la mano con lo de que no haya descensos por dos años. Puedo llegar a entenderlo, pero me parece que ahí falta un poco más de debate, porque en esa estructura de pertenecer a esa sociedad, también forma parte de un deporte de alto rendimiento, y creo  que volver a un campeonato de 28 equipos como terminará este proyecto actual, no es bueno para la primera división del fútbol argentino.

– ¿Cómo ve al fútbol del interior? ¿Cree que clubes como Talleres, Atlético de Tucumán, Godoy Cruz y Central Córdoba podrán disputarle a los porteños? ¿Cómo ve a los clubes “chicos” del ascenso y a sus jugadores?

Del estado del fútbol del interior, no me animo a dar una respuesta con detalle, porque desconozco. Cuando uno no sabe, es mejor decir “no sé”. Sí veo, claramente, que la desigualdad, así como se ha expresado en la sociedad, se ha trasladado también al fútbol, en estos tiempos especialmente. El fútbol argentino tenía una particularidad muy interesante, dentro de toda su confusión, que tal vez fruto de ella casi cualquiera podía salir campeón. Esto sucedió, y ahora ya se está comenzando a parecer al fútbol de otras partes, donde sólo pueden salir campeón uno de los dos clubes más poderosos. No me extraña el dominio de Boca y River de estos últimos años, en competencias nacionales e internacionales, porque si uno ve los presupuestos, verá que las diferencias son cada vez más mayores.

No sé si tienen salida esos clubes más pequeños, esos jugadores no millonarios, exactamente. Es más, lo veo cada vez más complejo, veo que la estructura del fútbol profesionalizado busca separarse cada vez más. Entiendo que son realidades diferentes, pero veo que en competencias de altísimo nivel, al menos se mantiene un porcentaje de esa riqueza del fútbol para sostener a categorías menores, porque esas categorías menores también terminan luego, a veces, muchas veces, alimentando a clubes de primera con sus jugadores, y a mantener una cierta llama encendida de lo que significa la pasión del fútbol.

– ¿Piensa que tendremos una fuerte arremetida de los defensores de las sociedades anónimas, para cambiar la naturaleza de los clubes? ¿Qué piensa de esa “solución”?

Con respecto a las sociedades anónimas, la peor arremetida la tuvimos en el último gobierno, que estaba muy interesado en la Superliga. Primero fue la intervención en la AFA, luego la Superliga, y el paso siguiente eran las sociedades anónimas, pero no lo pudieron concretar. Esto demuestra una fortaleza tremenda. Menem quiso hacer lo mismo. O sea las políticas más privatistas, más neoliberales, buscan que el fútbol se desenvuelva en ese contexto. Y así como Menem no pudo hacerlo, Macri tampoco. Ahí se revela una estructura muy poderosa e interesante del fútbol, tan poderosa que resiste esos embates. Dicho esto, no sé si el propio fútbol, en el contexto globalizado en el que está, permitirá que esto siga así mucho tiempo más. Argentina es casi una excepción en el mapa mundial del fútbol, con sus clubes como asociaciones civiles, y no sé por cuánto tiempo esa excepción podrá seguir existiendo. No sé si la dinámica del propio fútbol, competitiva y cada vez más habitando una burbuja económica alimentada por los dineros inflados de la televisión, terminará obligando a que los clubes argentinos también se sumen a esa ola de sociedades anónimas. No me gustaría, pero como dije antes, no soy más papista que el Papa, y en definitiva será el propio fútbol el que decidirá.

– Pasando a la política nacional, ¿cómo observa y qué opina de la dirigencia que tenemos?

La dirigencia política me parece que nunca sale de una nave espacial: forma parte de la sociedad en la que estamos. Me interesa una dirigencia política que piense en un Estado, en la necesidad de un Estado, en la presencia de un Estado. Es una sociedad muy desigual, con un porcentaje altísimo de pobreza, y no concibo que a los que se han enriquecido sin mirar nunca al costado, ahora sí se preocupen por mirar al costado. Yo creo que es el Estado el que tiene que estar presente allí. A mí me gusta la dirigencia política que, inclusive, logra discutirle al poder económico. Y cuando éste está también representado en la dirigencia política, como me parecía a mí que sucedía en el anterior gobierno, no hay contrabalance. El poder económico es un poder permanente que gobierna desde hace tiempo, y creo que ahí explicamos por qué la desigualdad ha crecido tanto, porque la codicia no tiene fin, y de todo lo que acumulé no quiero resignar ni un uno por ciento. Entonces la batalla por quitarle ese porcentaje que han acumulado gracias a esa codicia, es una batalla cada vez mayor, cada vez más difícil, y por eso yo aprecio a los políticos, a los que se le plantan al poder económico y representan los intereses  de la gente. El gobierno actual es una coalición de fuerzas, y como toda coalición por momentos puede parecer no sé si débil, pero sí que cuesta el equilibrio, en el intento de mantener a la tropa unida. El equilibrio obliga a concesiones, pero a su vez la unidad los mantiene fuertes. Es una situación difícil, yo opino muy desde la audacia, porque me falta información y es simplemente como un observador de lo que sucede.

– ¿Qué visión tiene de la Unión Cívica Radical? ¿Qué piensa de Raúl Alfonsín?

Con respecto a la Unión Cívica Radical, me da una enorme pena ver en lo que se ha convertido, desde hace ya unos años, antes  inclusive del macrismo, en esa alianza que conformaron con Cavallo en su momento, tampoco me pareció exactamente representativa  de la mejor tradición de la UCR, con lo cual esto que está sucediendo actualmente me da una enorme tristeza. Porque creo que no está a la altura histórica de lo que fue la UCR. Y de Alfonsín diré que lo que mejor, lo que me gustó siempre, es que en esa descripción que yo hacía del político que confronta con el poder económico, y que lo hace porque representa los intereses de la gente, Alfonsín era un buen representante, con sus altas y sus bajas, pero un buen representante. Y lo que más me divertía o me gustaba de él, era justamente la parte que muchos omitieron cuando fue su muerte. A qué me refiero: como había que decir que el gobierno de los Kirchner era un gobierno que provocaba la grieta, se usó la muerte de Alfonsín para ponerlo como el gran pacificador, como un hombre de concordia. Y Alfonsín lo era, seguramente, tenía un altísimo grado de ese  componente. Pero Alfonsín también era un gran cabrón, y lo digo en tono elogioso. El gran cabrón que se enojó ante el poder imperial de Estados Unidos, cuando en la Casa Blanca confrontó con Reagan; que confrontó con el poder terrateniente argentino, cuando en la Sociedad Rural tuvo ese discurso histórico; hasta confrontó con el poder de la iglesia, subiéndose al púlpito para contestarle a un cura, que mantenía la defensa de las violaciones de derechos humanos. Es decir, que todo ese componente me pareció siempre interesante, digno de admiración, y fue lo que más se omitió al momento de su muerte. Así que yo me quedo con ese Alfonsín que por algo, aun sin que terminara bien su gobierno, mantiene un cariño en la gente.

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