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Dulce Derrota

Por: Escuela Raúl Alfonsín

A 130 años de la Revolución del Parque 1890- 2020

La dulce derrota…que golpea y entristece, que enseña y germina. Había sido el capitán de aquella epopeya. ¿Estaría él destinado a ser un Gran Profeta de la Derrota, un fiel representante de la tragedia y la inmolación, como lo fueron los grandes fundadores de esta patria? ¿Un capitán, un líder de lo imposible, un intérprete de lo mágico y de lo hondo de la condición humana, con cuyo sacrificio y sobre su abono, la tierra daría a luz a mejores argentinos?


La revolución del parque sucedió el 26 de julio de 1890 en contra de las políticas del presidente Miguel Juárez Celman. La Junta Revolucionaria estaba presidida por Leandro N. Alem.

Cuentan las leyendas y las anécdotas de la época, que se retiró solo del Parque, el día 29 de julio de 1890. Cuentan algunos que un oficial, argentino, pero “enemigo” aquellos días, corría detrás de él, en su solitaria retirada, para convencerlo que no saliera sin escoltas. Los batallones del gobierno estaban atrincherados en las esquinas aledañas, en una cautelosa espera bañada de victoria. Y de revancha. “¡Van a matarlo!”, le gritaba el oficial. Pero Leandro Alem, el líder y el amado por el pueblo, el que nació y se crió en el calor de los arrabales, el poeta, el abogado de los pobres, el apasionado doctor, le contestó al consternado oficial: “¡Es lo que todos mereceríamos!”. Hay quienes dicen que los soldados y lo vieron y lo insultaron, y hasta dispararon contra él; provocando, con ello, la furia de la mayoría de esos mismos soldados, quienes gritaban, entre empujones y reproches, “¿Es que no saben quién es?”

Lo cierto, lo que no pertenece a la leyenda y al mito, es que Leandro Alem, el indiscutido líder de la Revolución del 26 de julio de 1890, se retiró en soledad, impertérrito, desafiando a hombres, conciencias y hasta la muerte misma. Con el paso cansino y con un aire triste fatalidad, llegó a su triste casona de soltero. Habían sido tres, cuatro días muy duros. Entre las filas revolucionarias no sólo escasearon municiones (una de las principales causas de la derrota), sino también alimentos, abrigo y sueño. ¿Qué habrán hecho, aquellas glorias patrias, al volver a sus moradas después de esa gesta triste, de la dura derrota, pero sabiendo que entraban definitivamente en la gran historia argentina? Entre el humo y el olor a pólvora y a tabaco negro, a alcohol y a ropa sucia, bajo los techos del Parque de Artillería y sobre cada balcón y techo de los edificios aledaños, habían juntado brazos y combatido las más grandes personalidades de la época, y darían que hablar en los años por llegar: Hipólito Yrigoyen, Aristóbulo del Valle, Elvira Rawson, Juan B. Justo, Lisandro de la Torre, Francisco Barroetaveña, Marcelo T. de Alvear, Bernardo de Yrigoyen.

Pero Alem era el primero de ellos. Bajo el alto techo de su casa, tal vez echado en un sofá y con un trago en la mano, el oscuro y frío aire de aquel espacio debió de sofocarlo. ¿Qué habrá pensado? A la guerra y el trajín de la batalla se acostumbró de joven. También a las heridas y a la derrota. Pero aquella noche, los muertos, que se contaban de a cientos, eran suyos. El hombre moral que vivía tozuda y acaloradamente en él debió pasar por sabe Dios qué desiertos y tormentas internas.

Leandro N. Alem 1842- 1896. Principal impulsor de la revolución del parque y fundador de la Unión Cívica Radical.

Agotado, abatido, ¿pensaría acaso en la revolución, en la Unión Cívica, en el futuro de aquella explosión que apenas arrancaba? ¿O pensaría en las culpas, en los propios errores, en la conveniencia de haber decidido todo aquello? ¿O en los muertos, en sus familias, en el dolor de una ciudad y un país entero? ¿Pensaría en Juárez Celman, en ese nefasto gobierno, en ese putrefacto estado de cosas y de personas; o en los traidores a la causa, los que inclinaron a favor de la derrota la suerte de la batalla? ¿En la cobardía de Mitre, en la posible traición de Campos? ¿Pensaría, tal vez, en el juicio que en aquel momento estarían haciendo de él San Martín, Belgrano, Sarmiento, Moreno?

Quién sabe. Acaso pensó en lo extraña que pueden ser las derrotas. Sí, porque la revolución fue vencida, pero el gobierno había muerto. El presidente renunciaría una semana después. La dulce derrota…que golpea y entristece, que enseña y germina. Había sido el capitán de aquella epopeya. ¿Estaría él destinado a ser un Gran Profeta de la Derrota, un fiel representante de la tragedia y la inmolación, como lo fueron los grandes fundadores de esta patria? ¿Un capitán, un líder de lo imposible, un intérprete de lo mágico y de lo hondo de la condición humana, con cuyo sacrificio y sobre su abono, la tierra daría a luz a mejores argentinos?

¿Correría la misma suerte, esa fuerza aún sin cuerpo, desinteresada, popular como no hubo otra, embanderada tras palabras y motes sagrados, con hombres y mujeres tan altivas, y que apenas unos meses después, el año 91, vendría a llamarse Unión Cívica Radical?

Traidores hubo y habrían de venir muchos más. Cobardes y condescendientes, acomodaticios, vividores, lamebotas, hambrientos de poder y de dinero, también. Pero Leandro Alem, en aquella oscuridad del invierno porteño, junto a la compañía de leñas y fuego, debe haber recordado, al igual que su amigo Aristóbulo, a esos empecinados y pobres soldados, militares y cívicos, reunidos por la bandera de la Revolución, que le pedían a sus líderes seguir con la batalla. Si no había municiones, lo harían con bayonetas. Sin ellas, con piedras, y con los puños. Del Valle, Alem y varios más, con lágrimas en los ojos, debían convencerlos de bajar las armas. Pero esos hombres ya habían pasado a la historia y aleccionado con su actitud a los hijos del mañana. No les importaba morir, no pensaron en sus casas, sus carreras y sus familias. Debían batirse por la Revolución y por la suerte de su patria.

Alem, como nosotros, los recuerda. Ni el invierno, ni las circunstancias son las mismas. Pero la actitud, el honor de aquellos días, tampoco lo son: se han agigantado con el tiempo. Como la figura del gran y sufrido Leandro, quien como en aquella retirada del Parque, ante el respeto y los sombreros de los soldados rivales que bajaban a un tiempo, hoy vive entre los y las grandes de la Argentina, sentado a su lado, mirando la suerte de la misma patria por la que luchó, perdió y murió. Y ganó, para siempre.

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