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Notas

Ciudadanos a Moçambique

Por: Por Javier Marochi

“Hermanos, no se cansen de nosotros, cargaremos siempre en nuestros corazones el amor que nos han mostrado”


Bem vindo al continente negro

Junto a un grupo de jóvenes estudiantes, la mayoría con trabajo, todos voluntarios de distintas actividades y proyectos comunitarios que se gestan en los barrios populares de nuestra patria, durante meses, casi un año, nos preparamos en materia constructiva, cultural y habilidades blandas para viajar a Mozambique, con el objetivo de construir aulas en comunidades rurales de aquel país. La previa en Argentina no solo fue de capacitación sino también de recaudación de fondos para comprar los materiales de la construcción, por ese motivo es que cocinamos y vendimos comida, organizamos eventos musicales, un show de creatividad y una campaña de crowdfunding.

Este relato de la travesía comienza en Eswatini, una de las dos monarquías que geográfica y políticamente se enclavan dentro de Sudáfrica. Éramos cuatro cordobeses caminando por las calles calurosas y desconocidas de Manzini, cargando con pesadas mochilas y disfrutando del paisaje que nos acorralaba. En el horizonte, por encima de los techos de la ciudad, respiraba la montaña repleta de selva verde. Antes de encontrar el paradero de los ocho bonaerenses que nos esperaban para emprender viaje a Moçambique nos perdimos una y dos veces. Nos mandaron mal las indicaciones o nosotros no las habíamos entendido. Aplaudimos y tocamos timbre en muchas casas, preguntamos por un grupo de argentinos, y el denominador común que recibimos como respuesta fueron caras de desconocimiento e incomprensión.

Por suerte la insistencia nos encontró y nos abrazamos por primera vez. Cargamos los bolsos y subimos a la traffic que nos esperaba. Los conductores eran dos nativos (supuestamente) de confianza de otra persona de la que (supuestamente) también confiábamos. Eran la recomendación de la recomendación. El viaje era de cuatro horas hasta Maputo, capital de nuestro destino. Ni bien arrancamos la sensación de confianza, si la tuvimos, se vino a pique. Los conductores estacionaron en una estación de servicio, se bajaron y empezaron a conversar con otra persona que los esperaba sentado en la vereda. Nosotros cruzamos miradas de confusión. Dos de ellos cruzaron dinero y palabras incomprensibles mientras el otro se acercó a la traffic y le cambió la patente. Fue ahí cuando me bajé, azuzado por mis compañeros, me acerqué a los conductores y en inglés les pregunté, para confirmar, si nos llevaban al hostal Fatima de Maputo. El nuevo desconocido, entre sorprendido y enojado, repitió la palabra “Maputo” dirigiéndose a los otros dos. Con una seña de mano me mandaron de nuevo a la traffic donde aguardé con los otros. Luego de un rato, el nuevo chofer se subió con una lata de speed, sin presentarse arrancó el motor, y medio dormido nos condujo por las peligrosas rutas hasta la frontera, y de ahí, por suerte, hasta Maputo. En el camino nos conocimos entre nosotros y entre risas comenzó nuestra relación de amistad.

Abrí este pequeño y personal relato de nuestra aventura con ese recuerdo, que mezcla lo cómico con lo riesgoso, no como una crónica de características únicas y desprendida del resto de situaciones, sino por la carga de incertidumbre que se replicó y manifestó de diferentes formas durante todo lo que duró nuestra estadía. En África aprendimos que había situaciones sobre las que podíamos tomar cartas en el asunto, pero había otras en las que no podíamos hacer nada y nos dejamos arrastrar por el destino. Nuestra cultura occidenteal nos enseña que nada se nos puede escapar, que todo tiene que estar ordenado y planificado, pero por más esfuerzo que hicimos por encuadrar el porvenir, surgieron a cada rato muchísimas situaciones impredecibles, y tuvimos que aprender a convivir con eso.

Ya en Maputo, pasamos la noche en el hostal, allí nos encontramos con nuestras coordinadoras del programa y con un equipo de santafesinos. A la mañana siguiente nos subimos a otra traffic que nos llevó hasta el instituto de profesorado de la ciudad de Maciene. En el instituto terminamos la capacitación que comenzamos del otro lado del mundo y nos separaron. A nosotros, los cordobeses y la mitad de los bonaerenses, nos llevaron a Mangundze y nos acogió el sacerdote Arias, y a los demás los llevaron a Chibuto, y los recibieron un grupo de monjas.

El cura albiceleste

Juan Gabriel Arias es un sacerdote argentino muy querido y reconocido, él misiona en Mozambique desde hace 20 años y vive allá desde hace otros 6. “Juanga” trabaja en, y desde, la “Missão São Benedito de Mangundze”, ubicada en el distrito de Manjacaze, provincia de Gaza. Desde allí gestiona diferentes proyectos humanitarios en conjunto con diferentes actores sociales. 

En la misión, junto con enfermeras de la región, mantiene la única sala de enfermería que hay en decenas de kilómetros cuadrados, y en algunos momentos del año recibe médicos de distintas partes del mundo que vienen con recursos e instrumentales. Recibe donaciones de la Fundación Messi, con las que compra alimentos y manda a repartir a las escuelas de la zona. El destino de esos alimentos es el desayuno de 15 mil estudiantes, siendo habitualmente su única comida en el transcurso del día. También recibe donaciones de industrias textiles que cede a trabajadoras que le agregan valor, quienes luego venden o donan sus productos dependiendo de la necesidad. Trabaja también con empresas constructoras con las que construye o arregla pozos de agua para las comunidades. Arregla convenios con la Universidad Católica para que mozambicanos puedan viajar a nuestro país a estudiar. Juanga es pata fundamental de “Somos del Mundo”, organización con la que gestionamos la construcción de las aulas. Y por último y no menos importante, realiza todas las actividades que incumben a un sacerdote: dirigiendo una parroquia muy extensa, que tiene 45 capillas, las más lejanas a 90 kilómetros de la misión; y estando a disposición de la comunidad las 24hs del día. Ese ejemplo de persona nos recibió en su casa.

Juanga es hincha fanatico de Racing, tiene tatuados en su brazo derecho a la Virgen y el escudo de la Academia, pintó de celeste y blanco la fachada de la iglesia de Mangundze, y armó un equipo de fútbol con los jóvenes de la región, los que por supuesto juegan con camisetas donadas de su club. Con ellos jugamos al fútbol algunas tardes de fin de semana y nos pasearon cada vez que tuvieron oportunidad. Juanga es capitán, entrenador y director espiritual de esos chicos, los conoce como a sus hijos.

Para nuestro primer domingo en Mangundze, Juanga nos invitó a misa, no podíamos faltar porque sería el evento formal de nuestra bienvenida. La comunidad iba a estar ahí esperando por conocer a esos jóvenes de tez blanca que venían de muy lejos a trabajar con ellos. La noche anterior me tomé el atrevimiento de pedir a Juanga ser monaguillo y me respondió sin rodeos que a las 7:15 tenía que estar en la sacristía. Debió de ser la única vez que desperté antes que el resto. Fui demasiado temprano por lo que llevé bajo mi brazo un libro, “La Peste” de Albert Camus, para adelantar un capítulo mientras esperaba. La misa fue en “changana”, lengua autóctona de la región, por lo que no entendimos nada, pero percibimos todo. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba con tanta alegría la ceremonia principal de la Iglesia. Después de esa misa nos invitó a un casamiento en el mato, imposible de rechazar.

Corta descripción histórica y socio-económica de Mozambique

Mozambique era un territorio, como el resto de África, repleto de diversas comunidades/culturas obligadas a convivir en un Estado-Colonia. En este caso en particular, el territorio fue colonizado por Portugal. Las comunidades conservan hasta el día de hoy sus lenguas nativas, y son las que aprenden desde niños en sus casas, y luego con el ingreso al colegio aprenden el portugués. Después de una guerra que duró 10 años, Mozambique se logró independizar recién en 1975, solo para entrar a otra guerra civil que duró otros 15 años. La pugna por el poder y la libertad caló tan hondo en sus vidas que es la única bandera del mundo que lleva dibujada un arma. Hasta el día de hoy se producen enfrentamientos en el norte del país entre las milicias y grupos terroristas vinculados con el Estado Islamico. Continuando con la descripción, es un país joven que todavía padece las cenizas de la guerra, y tiene poco menos de 30 años de democracia.

Mozambique está dentro de los 10 países más pobres del mundo, y depende del análisis socio-económico su ubicación exacta en la tabla. Es también un país rico en recursos energéticos, minerales, forestales y marítimos, pero éstos son explotados por multinacionales y pocas manos para conseguir su máximo beneficio, dando lugar a elevados índices de desigualdad. Podemos ver en los datos que recopila el Banco Mundial que desde comienzos de este siglo hasta el año 2019, el PBI de Mozambique siempre creció con tasas que oscilaron entre el 12% y el 3%, llegando a duplicar el PBI per cápita en ese mismo período de tiempo. Pero ese crecimiento no se vio acompañado de la esperada disminución de la pobreza, el crecimiento fue inequitativo. 

En los datos que recaba el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo podemos ver que la pobreza multidimensional en Mozambique es del 72,5% y la pobreza extrema (población que gana menos de $1,90 dólares por día) es del 62,9%. Mozambique se encuentra en la categoría más baja del Índice de Desarrollo Humano, en la tabla mundial ocupa el ranking 181 de 189 países y su Coeficiente de Gini aumentó del  0,47 (2008) al 0,54 (2019). Es decir, que en los últimos veinte años la economía del país creció sostenidamente y muy fuerte en algunos años, la pobreza disminuyó casi nada y la desigualdad aumentó mucho. En Mozambique no se cumple la teoría del derrame.

Mozambique tiene una población mayoritariamente campesina, el 68% vive en zonas rurales. La agricultura produce el 71% de los puestos de trabajo del país, pero solo aporta el 25% del PBI. Al contrario, el sector de servicios produce solo el 24% de los puestos de trabajo, pero aporta el 56% del PBI. Para completar, el sector industrial produce el 5% de los puestos de trabajo y aporta el 19% del PBI. La tasa de desempleo en Mozambique es mayor al 25%, y más del 90% de los que sí trabajan lo hacen en el sector informal, por lo que la población principalmente sobrevive produciendo su propia comida en granjas y/o huertas. A pesar del esfuerzo sobrehumano que muchas veces hacen, tienen una alta proporción de trabajadores, el 78%, que no ganan lo suficiente para salir de la pobreza. Y cierro este párrafo con una cita que de seguro alguna vez leyeron: “Si la riqueza fuera resultado del trabajo duro, todas las mujeres en África serían ricas”.

Mozambique tiene una de las tasas más altas de desnutrición infantil del mundo, con más del 43% de los niños menores de 5 años que sufren retraso en el crecimiento (desnutrición crónica). Las personas con retraso del crecimiento a menudo tienen deficiencias físicas y/o cognitivas que pueden limitar su capacidad para progresar en la escuela y/o limitar su capacidad para trabajar.

Hablamos entonces de un país afectado por la ausencia del Estado en cuanto a políticas públicas y fiscales, baja redistribución de la riqueza y escasa planificación de los recursos.

Para finalizar este pantallazo agrego un acontecimiento reciente que agravó la situación de los mozambiqueños. El 14 de Marzo de 2019, Idai, un ciclón de fuerza 3 arrasó con 300 mil viviendas, inundó 700 mil hectáreas de cultivo y destruyó cerca de 3.500 aulas, más de 2 millones de personas fueron afectadas y al menos mil murieron. La escasez de servicios, junto con la contaminación de las fuentes hídricas por las tormentas, provocó un preocupante repunte de malaria y cólera. Fue considerado por la Organización de las Naciones Unidas uno de los peores desastres meteorológicos de la historia de África.

El paisaje: tierra roja y verde mato

Más allá de las pequeñas ciudades y los 3 mil kilómetros de costa, todo lo que queda en el mapa mozambiqueño es mato. “Mato” es un vocablo portugués que sirve para designar un territorio no cultivado en el que crecen plantas silvestres. En términos de densidad vegetal es un punto intermedio entre la selva y la sabana. Para imaginar el paisaje pensemos que la industria, supermercados y calles asfaltadas son características de algunas afortunadas y pequeñas ciudades comerciales. El asfalto se termina rápidamente para convertirse en una calle de tierra rojiza que a la vista no parece terminar nunca. A los lados de la roja calle, el verde mato también interminable. Estas callecitas son de un solo carril y doble mano, por lo general las personas no se mueven caminando de un pueblo a otro porque los trayectos son largos, peligrosos, y calurosos; entonces utilizan un medio de transporte al que llaman “yapa” que no es más que un auto privado con caja que se llena de personas hasta que no entra más ni un alfiler. Entonces caminan hasta que escuchan el ruido de la yapa rebotando por los vaivenes de la roja calle, hacen dedo, y solo si la caja rebalsa de personas, tanto así que podes ver bebés o niños colgados de alguien y patinando en el aire, y si además tienen mala suerte, no se suben.

A los costados de la calle no solo podemos encontrar mato sino también senderos angostos, que llevan a las comunidades, colegios, iglesias y con suerte, algún almacén en el que compramos gaseosa y cerveza a temperatura ambiente.

Entonces la mayor cantidad de la población vive en el mato, entre los bichos y animales, sin ningún acceso al agua potable, ni a la electricidad, ni a ningún otro servicio básico. La mayoría de sus casas son de barro, algún afortunado puede tener casa de madera o blocos. Así también, la mayoría se mueve en yapas o transporte público, solo los afortunados tienen moto o bicicleta. Y con afortunados me refiero a las personas importantes de la comunidad que tienen trabajo estable, como lo son el director de la escuela, o el maestro mayor de obra de la zona.

Para entender cómo se ven los colegios en los que nosotros trabajamos tenemos que dejar de lado las ideas de lo que conocemos. No hay una estructura enorme con patios, salones, aulas y pasillos. Imaginemos que “la escuela” es el espacio central de cada comunidad, es el lugar de encuentro, un área irregular podada en el que hay 2 o 3 aulas separadas de otras por la tierra rojiza, una sala de profesores por allá y por acá algún árbol con un pizarrón colgando de una rama. Alrededor de esta área central salpicada de aulas aparecen de nuevo el mato y los distintos senderos que se hunden en la flora y llevan a las casas de cada una de las familias. Lo mismo sucede con las casas, nos olvidemos de la estructura firme de varios ambientes. Los terrenos familiares están salpicados de pequeños espacios construidos, principalmente, con barro y paja. Tienen acá una pieza, por allá el depósito de alimentos y herramientas, más lejos un pozo negro (el baño), y se cocina y se come bajo el árbol. Entre las familias, el mato como pared medianera. 

Si pudiésemos observar desde el cielo, como los pájaros, el paisaje de senderos rojos entrecruzarse entre ellos, veríamos, como las telarañas, los caminos nacer en el encuentro de las aulas, e irradiar hacia las casas, extremos sinuosos e interminables.

Ni tsa quile cucutiva (estoy feliz de conocerte)

El proyecto consiste en construir aulas en zonas rurales de Mozambique. Con nuestro equipo de la Misión Mangundze construimos, en tres comunidades, dos aulas completas, y otras dos incompletas, pero compramos y dejamos los materiales y la comida necesaria que la comunidad necesitó para trabajar y terminarlas. La consecuencia es cien niños y niñas que ya no estudiarán bajo la sombra de los árboles ni bajo techos agujereados, sino bajo el resguardo de un aula, que no se llueve, no se moja, protege del sol y del viento. 

El trabajo es siempre y exclusivamente comunitario, esto quiere decir que solo trabajamos si la comunidad nos lo permite y además trabaja con nosotros. No hay un mensaje de imposición ni de salvación, hay un mensaje de comunidad y de trabajo conjunto. El trabajo se lleva adelante bajo la comprensión de que en el mundo no todos partimos con las mismas oportunidades y que buscamos equilibrar eso.

El tiempo de construcción de cada aula es de aproximadamente siete días. Los lunes de cada semana, Jorge, la mano derecha de Juan Gabriel, quien maneja el camión con el que trasladan alimento a las escuelas, nos llevaba a nosotros y a los materiales de la construcción. Nos quedamos y dormimos en la comunidad hasta el viernes que nos pasaba a buscar. Los fines de semana tampoco descansamos, íbamos de acá para allá con Juan Gabriel que nos llevaba a misas, a otras comunidades, o nos íbamos nosotros por nuestra propia cuenta a recorrer.

La primer aula la construimos en la comunidad de “Cumbane A”. Recuerdo que estuvimos preocupados porque llegamos tarde, nos demoramos en el “Construa”, la empresa en la que compramos el cemento, las maderas y las herramientas, pero de igual manera las mamás y papás del consejo de la escuela nos recibieron bailando y cantando. Quizás esta primera comunidad fue con la que más vínculo hicimos, hasta el día de hoy recibimos noticias de ellos.

Aprendimos que el machismo está a la orden del día. Las mamás, abuelas e hijas se pasaban el día sentadas bajo la sombra de un árbol cocinando para nosotros y para la comunidad, siempre atentas a nuestra deshidratación, iban y venían con baldes de agua sobre sus cabezas, no solo para tomar, sino también para bañarnos al final del día. Mientras tanto, los papás y sus hijos construían con nosotros. Fue todo un reto para las chicas del equipo demostrar que ellas también podían construir, y un reto para la comunidad ver cómo esa fuerza femenina y de tez blanca se desenvolvía frente a sus ojos. Pero esa diferencia entre los sexos se cerró por un rato de manera espectacular, el último día de la primera construcción. En la tarde de ese viernes, Antonio, el “pedreiro”, se acercó a hablar con nosotros y nos dijo que estaba preocupado porque nos faltaban manos para hacer la mezcla de cemento para el piso del aula, estábamos atrasados y los que estábamos no íbamos a poder del cansancio que veníamos arrastrando. Entonces se acercó a la sombra del árbol, cruzó unas palabras con el grupo de mamás y abuelas que vigilaba nuestro esfuerzo, y sucedió algo que nos marcó a todos. Las mujeres se levantaron de las sombras, salieron al sol con sus enormes cuerpos, robaron las palas de nuestras manos y empezaron a mezclar el cemento. Esas últimas horas lo único que hicimos fue acercar la materia prima mientras ellas la revolvían y hacían trizas contra el piso.

En Cumbane A dormimos en el piso de una de las aulas viejas de la escuela. Siempre antes de dormir nos quedamos una hora acostados sobre la tierra mirando el espectáculo de estrellas fijas y fugaces. Las mamás dormían en el aula de al lado para cuidarnos y estar cerca nuestro por cualquier cosa. Cuando se dirigían a su descanso pasaban por nuestro lado y nos preguntaban por qué perdemos tanto tiempo mirando el cielo estando tan cansados. Es universal que el ser humano disfruta más de lo que no tiene. Ellos no entienden que a causa de nuestras ciudades, edificios y contaminación lumínica no podíamos apreciar ese espectáculo celestial.

Conocí un pueblo que vive bajo otras lógicas a las que estamos acostumbrados, los vi habitando una paz que no conocía, tienen más salud emocional/psicológica, ríen en cada conversación, se alegran más fácil y bailan cada vez que se les da la oportunidad. A diferencia de nosotros, personas estresantes, que corremos atrás de, por ejemplo, una moda que nos consume y que nos obliga a ser hegemónicos, que sentimos perder el tiempo buscando la paciencia de las cosas que no van a nuestro ritmo. Una de las lecciones en África fue que el tiempo no corre de la misma forma a la que estamos acostumbrados, o al menos su correr tiene menos importancia. Pusimos a prueba nuestra paciencia, aprendimos a dejar de ver la pantalla del celular para ver los astros moverse. En Mozambique, como todavía los relojes ni mucho menos los celulares son moneda corriente, acostumbran a marcar con la mano un punto en el cielo para indicar la hora. “Cuando el sol esté ahí, a esa altura, nos juntamos”.

A Cumbane B, fuimos con otra actitud, con más seguridad y con ganas de disfrutar y de generar otros momentos con la comunidad. Mamá Rita, jefa de la comunidad, nos recibió y prestó su casa de barro para dormir. Allá jugamos al fútbol y nos dimos cuenta de lo deteriorados que tenían los arcos. Se nos ocurrió construir nuevos, por lo que compramos madera, no solo para el aula, sino también para mejorar la cancha. Luego de renovar los arcos de Cumbane B, una parte del equipo volvió caminando a Cumbane A, y los renovamos también allá. Uno de los voluntarios del equipo trajo desde nuestro país una bolsa de pelotas de fútbol, que repartimos en las comunidades que visitamos. Para los niños mozambicanos traíamos oro puro. Confirmamos que el deporte es un idioma universal.

Para las inauguraciones de las aulas teníamos que avisar a Juanga, quien aparecía para celebrar el momento junto a nosotros. Era una ceremonia, nos sentamos en una ronda enorme y escuchábamos. Primero hablaban el director y algunas maestras, palabras de agradecimiento hacia nosotros, si había políticos del distrito acompañando el momento también decían unas palabras. Después alguno de nosotros devolvía los agradecimientos. Por último hablaba Juanga, quien nos invitaba a peregrinar al rededor del aula mientras la bendecía. El silencio de la bendición se cortaba al medio con el primer grito típico de alegría africano. El grito daba comienzo a los cantos y a los bailes. Al final, el almuerzo comunitario y los abrazos de despedida. Nunca olvidaremos el momento en el que el director de Cumbane B nos leyó en portugués una carta que redactó para la inauguración. “Hermanos, no se cansen de nosotros, cargaremos siempre en nuestros corazones el amor que nos han mostrado”.

En la tercera semana del proyecto nuestro cuerpo nos empezó a pasar factura. Cada vez más cansados, nos lastimamos las manos con los martillos y los clavos, algunas chicas tuvieron fiebre y náuseas, nos lesionamos jugando al fútbol, nos insolamos, un compañero se lastimó un ojo con polvo de ladrillo, otro se despertó con una picadura punzante en un bicep, y nuestros estómagos nos pedían que cambiemos la dieta. Pero nos apoyamos entre nosotros y seguimos adelante.

El último momento que pasamos en Jitsembe es memorable. Allí solo estuvimos los últimos tres días del proyecto por lo que no llegamos a construir un vínculo fuerte como en las otras dos comunidades, ni llegamos a terminar las aulas, pero dejamos los materiales y comida necesarios para que ellos las terminen. Era la última hora de la tarde del viernes cuando las mamás y los papás de los alumnos, los directivos y profesores de la escuela, y algún político del distrito, cerca de cincuenta personas, estaban reunidos bajo la sombra de los árboles. Debatían y discutían sobre el comienzo de clases. A nosotros ya nos había pasado a buscar Jorge para volver a Misión Mangundze y nos teníamos que despedir de la comunidad. Junto con Antonio nos acercamos a ellos y cuando notaron nuestra presencia el debate se hizo silencio. En portugués nos despedimos, les repetimos que nos encantaría terminar las aulas con ellos y les pedimos que nos manden fotos cuando las terminen. Dimos media vuelta para irnos y ellos, todos, empezaron a cantar. Allá no hay mujer ni varón que no sepa cantar, porque es lo que hacen desde que son pequeños, cantan en grupos, algunos la letra, otros agregan la melodía, otros el ritmo, y les sale natural. Lo sentíamos en la piel. Por lo bajo y casi en secreto Antonio nos dijo que lo que cantaban era que “los sentimientos de melancolía son producto de momentos pasados de mucha alegría”. Nos iban a extrañar y nosotros también. Estoy feliz de conocerlos.

La pandemia al acecho

Al celular lo usamos poco y nada. Lo llevamos a las comunidades para sacar fotos y para hacer alguna llamada de emergencia, en Misión Mangundze lo cargamos y dábamos señales de vida a nuestros amigos y familiares. A causa del escaso acceso a internet y el limitado tiempo libre, era difícil estar al tanto de lo que pasaba en el mundo. Solo una vez, en la última semana de enero, entré y leí dos noticias, la primera era del terrible incendio que no paraba de crecer en Australia, y la segunda era de un virus que se había desatado en China. A la semana siguiente, antes de comenzar nuestro regreso, me contactó mi familia para saber si estaba enterado de que el virus se expandía a una velocidad impresionante. Y al llegar a la Argentina, después de hacer escala en Venecia, apareció el primer caso de la COVID-19 en Italia.

Durante todo este tiempo nos mantuvimos en contacto con las comunidades con las que trabajamos, ellos nos preguntaron por nuestra salud y nosotros por la de ellos. Por suerte la pandemia fue mucho más leve en la mayoría de los países africanos: posiblemente a causa de la menor demografía de sus ciudades que dificulta que el virus se transmita, a diferencia de como sí lo hace en nuestras abarrotadas ciudades; capaz por ser el continente con la población más joven; o también por el contacto con previos coronavirus y la experiencia con epidemias; o quizás por factores climáticos. La cuestión se sigue estudiando y por ahora no tiene respuesta cierta.

En el transcurso de las semanas más duras de la pandemia y más estrictas de la cuarentena, en aquellas donde veíamos noticias oscuras del viejo continente, donde la globalización se caía a pedazos, y las fronteras de los países y de nuestras casas se volvían impenetrables, algo hizo que mantengamos la cordura, para los afortunados que la pudimos mantener. En mi caso, además de la buena compañía, fueron los recuerdos vívidos e intensos que todavía recorrían la superficie de mi piel y me hacían cosquillas en la nuca. Me recostaba en la cama, dejaba entrar el profundo silencio y quietud del mundo hacia mi pieza, cerraba los ojos, y volvía en el tiempo. La brisa mozambicana me golpeaba la cara a la velocidad de la yapa, mi cuerpo saltaba al ritmo de las irregularidades del camino rojo, y el atardecer ya estrellado se reflejaba en las mugrientas sonrisas de mis amigos. Así sobreviví.

Por el momento el proyecto para volver a construir aulas en Mozambique está congelado, y no hay indicios de que eso cambie en el mediano plazo. Por suerte, y mi salud lo agradece, volvimos a trabajar en los barrios populares de Córdoba. Lamentablemente los países pobres serán los últimos en tener acceso a la vacuna, y a la inmunización de sus habitantes. Pero nosotros estaremos listos para volver a Mozambique apenas podamos, siempre y cuando haya intereses comunitarios. Todavía hay aulas que construir, personas por conocer, y canciones para bailar.

Bibliografía

Nota de Infobae del Padre Juan Gabriel

https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/03/el-cura-argentino-que-misiona-en-mozambique-y-la-conmovedora-historia-una-joven-que-solo-sonaba-estudiar/

World Bank – GDP growth Mozambique

https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.KD.ZG?locations=MZ

United Nations Development Programme

http://hdr.undp.org/en/2020-report

World Data Lab 

https://worldpoverty.io/map

Somos del Mundo

https://www.somosdelmundo.org/

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