Donaciones

Notas

Carta Abierta de un modesto militante

Por: El Militante

Este mensaje es, especialmente, para los radicales. Pero los radicales de corazón. Y, a través de ellos, a todo el pueblo argentino que aún cree en principios, en grandes valores.


Aquellos que aprendimos escuchando desde el regazo de nuestros abuelos, o tomados de la mano de nuestros padres, o desde el banco de la escuela. Para los hombres y mujeres de esta tierra, nuestra tierra, que aún hoy se emocionan, a pesar de todo, al caminar y servir a esta Patria; para los románticos, los espirituales, que resisten la frivolidad de un mundo de imágenes, mentiroso y vacío. A todos ellos, les escribo.

Es la oportunidad, hoy mismo, a horas de consumado el desastre, de sacar poderosas lecciones, para luego plantar la nueva semilla con vistas a una histórica lucha que tenemos por delante.

Esa lucha es por la cultura argentina. Es la gran batalla, la más necesaria, urgente y postergada, cuyos inicios son ya muy lejanos, pero que es imperiosa para abrirnos paso al verdadero futuro de la Nación.

Sin embargo, el reciente desastre nos muestra la profunda equivocación del camino elegido. Los anhelos de libertad, de noble igualdad, de justicia social sin demagogias, y de todos aquellos valores a los que genuinamente aspiraba la mayoría del pueblo, se vieron frustrados, cuando no traicionados, por una dirigencia que dilapidó la histórica oportunidad.

Es que a la demagogia (y a su paroxismo, el fascismo) no se la combate con más demagogia. El régimen anterior, que manchó como pocos las páginas de nuestra historia, ese régimen, sus ideas, sus formas y contenidos, no serían  nunca vencidos con la ilusión de las camisas abiertas, los globos, los bailes, la no-corbata, el verde del fondo de las fotos; no se lo iba a vencer con eslógans ni frases hechas, ni codeándose sólo con los grandes medios de comunicación, los empresarios, o el bendito círculo rojo; la victoria final jamás se daría con poses sensualistas, con semejante vacío discursivo, con consultoras, gurúes y encuestadores oportunistas, todos ellos pregonando las bondades de la “nueva política”, que sólo significa una cosa: la no política.

No podrán quejarse ahora, ellos, la cúpula pensante que diagramó la estrategia, cúpula en la que entra la gran mayoría de la dirigencia que se dice “radical”. No pueden quejarse de que el pueblo haya votado con el bolsillo, en vez de hacerlo con la memoria. Porque ellos mismos nunca eligieron la memoria, ni la historia, ni la filosofía para hacer política. Porque escapa a su esencia. Porque no son eso.

Hoy, todos vemos el grueso error. Porque una batalla cultural de semejantes dimensiones, de tan larga data, demanda pensamientos y acciones mucho más profundas, mucho más nobles, mucho más altivos.

A tan anclada demagogia, que cada dos por tres trasunta en liso y llano fascismo, se le gana con ideales. Puros, humildes y desinteresados. Se le gana en el campo popular. Se le gana con  prepotencia de  militancia, educando, con amor y comprensión, tal cual solía decir, hace no mucho, un viejo de bigotes. Fue vapuleado en su tiempo. Pero hoy todos le llaman “el Padre de la Democracia”.

La batalla se ganará, entonces, con política. La vieja política. Que en realidad, es la misma de siempre.

Y para tan ardua tarea, para tan dura lucha, tienen los argentinos la gran herramienta, la vieja causa, cuyo escudo defendió al pueblo y lo condujo a sus más nobles victorias, tocando sus fibras más íntimas, y que dejó allí, en cada uno de los corazones, latente, la chispa, que aguarda siempre el momento para convertirse en un incontenible fuego. Tienen entonces, los argentinos, y la tendrán siempre, a la Unión Cívica Radical.

Porque jamás podrá morirse. Pese a que hoy no juntemos ni un mísero quince por ciento. Pese a que nuestros dirigentes parezcan un mal chiste del destino. Pese a que nuestra historia, la más gloriosa de la Nación, no se conozca ni por los propios radicales, ni mucho menos se la enseñe en escuelas o universidades. Y pese a que, lo más grave de todo, pocos de los afiliados estén a la altura del adjetivo “radical”.

Pese a todo ello, esta causa, la única verdaderamente nacional y popular, la de las grandes gestas como el voto libre, la Reforma Universitaria, las más trascendentales reformas laborales, la defensa de los Derechos Humanos, sentando a los militares en el banquillo de los acusados, entre tantas otras victorias históricas; pese a todo, entonces, semejante causa jamás podrá morirse.

Mucho menos, si hay quienes estamos dispuestos a defenderla. Aunque seamos muy pocos, tenemos de nuestro lado el sano orgullo de saber que son nuestras las grandes hazañas, las mejores tradiciones y, por si fuera poco, tenemos también a las más grandes figuras de la democracia argentina, que, día a día, con su solo recuerdo, nos marcan el duro camino que sólo el radical le hace frente.

Carta al Militante

A sólo horas del desastre, siento la responsabilidad, y la humilde autoridad, de explayarme y dejar sentado este pensamiento. Soy consciente, sin embargo, de la insignificancia o la nula repercusión que seguramente tenga esta carta. Pero eso no me preocupa. Porque, como manda nuestra tradición, la cuestión fundamental es la “del ser”, la decisión de proponer siempre, porque ese es nuestro deber supremo.

Hoy me permito no pedir disculpas por mi romanticismo, por mi lirismo, como suelo hacer. Quienes descreen de estas cuestiones, son quienes apoyaron ciegamente, dóciles o cómplices, el barco que chocó ayer. No serán ellos, no podrían serlo nunca, quienes se presten para la lucha que se avecina, y mucho menos para dirigirla.

Se necesita idealismo, y del más alto.

Sólo así se conseguirá la victoria final, que no será contra nadie, sino contra aquellos vicios que están presentes en cada uno de nosotros. Será entonces la victoria sobre el odio, la mentira, la hipocresía, la traición, la magia, el sectarismo, la verborragia, el fanatismo, la demagogia.

Se necesitará idealismo. Pero también templanza, comprensión, humildad. Se necesitará hambre de servicio, desprendimiento, desinterés por la fama, desinterés por lo material.

Y quién sino ella, la histórica fuerza, para atravesar la tormenta. La Unión Cívica Radical, una vez desprovista de los elementos que, aún en su juventud, la han estancado hasta hoy, estará lista para realizar la gran gesta que el pueblo entero demanda.

La lucha es cruel y es mucha. Pero como dijo una vez, hace ya mucho, un joven de largas barbas blancas, “la vida es lucha; pero quien lucha, vive siempre”.

Perdimos una oportunidad.

Pero jamás la esperanza.

 

Un militante cualquiera

de la Juventud Radical

de la Ciudad de Córdoba.

Compartir:

Comentarios

  • Claro, real, congruente, veraz. Aplaudo tus palabras y con tu permiso las hago mías. La UCR me ha acompañado en mi vida en los buenos y malos momentos. Los valores, principios, filosofía de vida, la honestidad, el respeto, la libertad y mucho más han guiado mis pasos. Soy radical, lo digo y repito con orgullo. Gracias. De militante a militante

  • Que así sea, estoy deseosa de sentirme representada, de votar con convicción de trabajar por ideales que forjen un futuro a nuestra argentina

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Las más leídas