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Argentina y la No Violencia

Por: Escuela Raúl Alfonsín

La Asamblea General de las Naciones Unidas designó al 2 de octubre como Día Internacional de la No Violencia. Desde Córdoba, atravesamos ese día y toda la semana (¿todo el año, toda la década?) plagados de contagios, incendios, creciente inseguridad, creciente pobreza. Escenarios parecidos acontecen en las demás provincias que forman nuestra querida, extraña, fanática Nación Argentina.


Resulta inevitable leer sobre Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela. Inevitable es, también, dejarse llevar por las comparaciones. Casi siempre odiosas, las comparaciones arrojan cierta luz si son bien entendidas. Ayudan a esclarecer la visión sobre las personas y sus circunstancias. Los nombrados rindieron tributo al principio de la No Violencia. Vale la pregunta: ¿estamos a la altura de tan noble opción? Y si la respuesta es negativa (que lo es), ¿qué tan lejos nos encontramos?

La No Violencia representa un camino poderoso, en extremo difícil, pero sumamente efectivo para transformar realidades y cambiar espíritus y conciencias. La historia lo demuestra. Las realidades por las que lucharon los nombrados fueron tremendamente difíciles. Y triunfaron. Tal vez los frutos maduros no hayan caído en sus propias manos, pero sabían que el proceso ya había comenzado. Así lo señaló King, cuando la noche antes de su muerte, en un extraño e inesperado discurso: “Como cualquiera, me gustaría vivir una vida larga; la longevidad tiene su atractivo. Pero no me preocupa eso ahora. Sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y Él me permitió subir a la montaña. Y desde he ella he mirado, y he visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue ahí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida”.

Hay un particular arrojo, un salto de calidad espiritual, que debe darse, necesariamente, para optar por este camino. Ahí está lo difícil. Implica darse uno mismo, entregarse uno mismo, a una noción o concepto superior. Implica arriesgar la vida por esa idea. Y hacerlo sufriendo, y sin levantar un dedo para retribuir los golpes. ¿Quién tiene, hoy, semejante fuerza? ¿Quién está dispuesto a dejarlo todo, hasta la vida misma, por esa meta?

La No Violencia envuelve también una comprensión muy profunda acerca del prójimo. Significa entender que en el otro, aún en mi enemigo, la llama del Bien, que informa mi propio ideal por el cual lucho, está siempre presente. Y el desafío no es pasar por encima de mi adversario o enemigo político, sino cambiarlo, despertar en él ese fuego del Bien que todos tenemos. Es la condición necesaria para poder construir juntos un futuro compartido, para sentarnos en la misma mesa, para llamarnos fielmente “hermanos”.

¿Quién puede, en Argentina, hacer esto?

La dirigencia política, seguro que no. Para transitar el camino de la No Violencia, se necesita purificar al máximo las nociones que se tienen del honor, la comprensión, la fraternidad, la bondad, la moderación, el respeto, el amor. Tomemos cualquiera de esos valores: ¿quién de nuestra clase política puede colocarse la estrella de ese valor en particular? La pregunta es a la vez una denuncia, para que sea aprehendida no sólo por nuestros dirigentes, sino por cada uno y cada una de los ciudadanos que componemos este país, que le damos sentido a nuestra democracia y que, a fin de cuentas, le dimos el poder transitorio a aquellos.

Los tiempos contemporáneos nos arrojan constantemente en sentido opuesto al espiritual. El capitalismo salvaje, que socava y adormece las conciencias, se encargó en buena medida de esa tarea. Bajo esa lupa, muchos acusarán a los párrafos anteriores de poco prácticos, sumamente idealistas, inocentes, tontos. ¿Qué sirve de todo ello para salir de la crisis actual, para dar trabajo, redistribuir ingresos, combatir el hambre? La respuesta es contundente: en la medida que no optemos por ese camino, y que sigamos alejándonos de él; mientras sigamos regocijándonos con la derrota ajena, con la sed de venganza; o continuemos con este nivel de debate público, ramplón y estúpido como nunca en la historia; mientras sigamos con todo ello, entonces, la escalada de la violencia y el odio entre hermanos trepará a estadios que nadie podrá controlar. “He luchado toda mi vida contra la dominación blanca; y he luchado toda mi vida contra la dominación negra”, dijo Mandela.

El camino que los nombrados señalaron es el principal abono de la democracia. Demanda humildad, solidaridad, mesura. Nuestra dirigencia, tan empecinada en figurar, en gritar sin decir nada, en las chicanas y en los manoseos flagrantes y absurdos, no ve (no quiere ver) que los daños que producen no son sólo económicos, fiscales, laborales: merman y vacían de sentido a la propia distinción del Bien y el Mal, ínsito en el espíritu de cada argentino y argentina. Sin esa distinción, se pierde la sana sed de justicia y, con ella, el resto de nuestros mejores valores.

Nunca es tarde y nunca deja de ser buen momento para apostar por ese camino. Tenemos en Argentina, en el fondo de su historia y en la larga extensión de su territorio, ejemplos cabales que aquí se respiran grandes y sanos valores. Hay que animarse, saber que mucho de lo que venimos haciendo, por no decir casi todo, puede y debe reformularse, y trabajar todos juntos en la construcción de los necesarios puentes que demanda esta hora histórica.

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