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Alfonsín y la construcción social en democracia

Por: María Gabriela Burgos*

El 30 de Octubre nos invita a repensar Alfonsín, traer a los tiempos actuales su modelo de obstinación, honestidad, ética, convicción y pertenencia, alejarnos de todo ejercicio nostálgico y transformar su legado en una brújula para las nuevas generaciones.


“Es tiempo, porque estamos frente a elecciones, de levantar y enarbolar las banderas partidarias. Pero también es tiempo, porque definimos cien años de paz y prosperidad, de dejar un lugar arriba de todas las banderas para que por encima de todas flamee la azul y blanca, hablando del encuentro definitivo de los argentinos”.

Para quienes sostenemos que la democracia y la participación política son los pilares de la construcción nacional social, económica y cultural, cada 30 de octubre es un hito en la historia y una oportunidad para convocar, para celebrar, para recordar y reflexionar.

Hace 37 años, Raúl Alfonsín era elegido presidente de la Nación. Inauguró entonces un período democrático que persiste hasta nuestros días gracias al sacrificio y la convicción de un pueblo que aprendió, a través de las experiencias más dolorosas que su historia recuerde, que aun con sus intermitencias, sus crisis económicas y sus conflictos sociales, que la “democracia cotidiana”, el Estado de derecho y la República son las formas de expresión más auténticas de la idea que en el progreso y en la paz se asienta el bienestar de los habitantes de nuestro país.

En esa construcción ideológica Alfonsín es, sin dudas, una pieza fundamental. Primero, para marcar un contrapunto con una dictadura militar que amenazaba con hundir a la Argentina en la más profunda oscuridad, en la pérdida de los derechos más elementales, en la decadencia crónica. Segundo, en señalar el camino de la reorganización ciudadana, la paz social, la justicia, la defensa de la vida y las libertades; en atravesar junto al pueblo un proceso de transición que no estuvo privado en absoluto de desafíos y ni de complejidades. Finalmente, en inculcar aquellos principios y valores imprescindibles para el desenvolvimiento en armonía de una sociedad en democracia con la plena vigencia del Estado de Derecho.

Alfonsín era humano. No estuvo exento de errores o frustraciones. Pero su impronta, su conducta, su acción política, su defensa infranqueable de los intereses nacionales, su vocación al servicio del bien común y la búsqueda inagotable de unir con el diálogo a los argentinos, le ha valido el derecho a ser ubicado en un lugar privilegiado de la historia argentina, el de los próceres de esta nación. Fue un estadista de toda época y de todo lugar. Una figura que se erigió en los momentos más oscuros para encender la luz de la esperanza en la democracia, en la ley, en la justicia, la paz y las instituciones.

En un país cada vez más agrietado, nos convocan y nos interpelan sus ideas. Nos deja su ejemplo, esa coherencia entre principios y actos que lo caracterizó desde el primero hasta el último día de su enorme trayectoria política. Esta fecha nos invita a repensar Alfonsín, traer a los tiempos actuales su modelo de obstinación, honestidad, ética, convicción y pertenencia, alejarnos de todo ejercicio nostálgico y transformar su legado en una brújula para las nuevas generaciones de líderes que tengan la tarea de reconstruir un país hacia el desarrollo y la inclusión por encima de todas las diferencias ideológicas, en un encuentro definitivo de los argentinos bajo la bandera azul y blanca con la que soñó casi obsesivamente a lo largo de toda su vida.

(*) Diputada Nacional por la Unión Cívica Radical de Jujuy.

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