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A 35 años… Resignificar la democracia

Por: Raul Arias

Conmemorar el 10 de diciembre del año ‘83 nos lleva a evocar esas jornadas en clave nostálgica. Luego de la larga noche de la dictadura una briza esperanzadora  recorrió cada rincón de la Argentina y esa sentencia de Raúl Ricardo Alfonsín  “con la democracia se come, se cura y se educa” elevó hasta el paroxismo una militancia que debió hibernar durante ocho sangrientos años y padecer la persecución ideológica. El juicio a las Juntas militares que usurparon el poder y su posterior condena revalorizaba la democracia como forma de vivir en sociedad. El “Nunca más” se convirtió en un aforismo grabado para siempre en la memoria colectiva de los argentinos.


Raul Arias, militante político

Después de un largo camino recorrido a lo largo de estos 35 años estamos obligados a ser menos optimistas y un poco más realistas,  el mundo sufre un proceso de permanente cambio y eso incluye a nuestra región y en particular a nuestro país. Las  categorías  derecha e izquierda quedaron difuminadas frente a un pragmatismo desideologizado que oculta una verdadera ideología  compatible con los intereses de una clase que no es precisamente la más humilde. Y congruente con ese nuevo orden se imponen modelos de representación política cada vez más deslegitimados pero efectivos en el ejercicio del poder, porque si bien, y al decir de Churchill, «La democracia es el menos malo de los sistemas políticos», también es válido admitir que sigue siendo reproductora de injusticia social.

Bernard Manin  y Giovanni Sartori alertaban sobre este fenómeno  en Europa a mediados de los noventa, mientras el politólogo francés escribía acerca de las “democracia de audiencias” y el eclipsamiento de los partidos, el segundo manifestaba esta tendencia cuando escribió “Homo videns” allá por 1997, y reflexionaba acerca del rol de la televisión y los medios de comunicación en el comportamiento cívico de las personas. Cuando estos pasan a ser instrumentos al servicio de intereses sectoriales los Estados abandonan su rol regulador y la democracia pasa a ser un fetiche para legitimar desigualdades.

Queda mucho por reflexionar pero también mucho por hacer, reconciliar a los argentinos con la democracia conlleva un enorme desafío para aquellos comprometidos con la justicia social; la complejidad de las nuevas relaciones sociales y su vinculación con la política exige abnegación pero también responsabilidad. Una marginalidad que crece y duele obliga a replantear todo el sistema político  para que nuestra sociedad no se hunda en el barro de la desesperanza, porque garantizar el proceso electoral ya no alcanza, se debe legitimar la “política” con la transparencia en cada acto de gobierno.

Pasó Alfonsín y el juicio a la juntas; pasó Menem, el indulto y la privatización de las empresas públicas construida por unas cuantas generaciones de argentinos; pasó el “que se vayan todos” y los cinco presidentes en cinco días; pasó el kirchnerismo y sus reestatizaciones. Pero aún queda pendiente una gran deuda con el pueblo argentino: Un sistema democrático que garantice el derecho a la salud, la educación y la cultura, en definitiva al “buen vivir”.

 

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