Contaba con 18 años en 1983, había llegado a estudiar a la universidad Nacional de La Plata, apenas un año antes, desde mi Gualeguay natal y me encontraba repentinamente con el ambiente universitario más dinámico y abierto de todo el país. Descubrí mi querida ciudad de La Plata viéndome envuelto por una descomunal ebullición política con enormes movilizaciones populares luego de haber vivido gran parte de mi corta vida en contexto de dictaduras militares.
Ese año, y en particular el 30 de octubre, evoca una emoción sin igual y permite ver en perspectiva la difícil pero apasionante obra del pueblo argentino por recuperar la democracia para los tiempos y dejar atrás definitivamente la cadena de golpes militares que desde el año 1930 burlaron la voluntad popular.
Fue una transición del autoritarismo a la libertad y la democracia. Un país que luego de la guerra de Malvinas y de la enorme crisis política, social y económica hizo tambalear al Proceso con una activa lucha del conjunto del pueblo argentino y se empezó a vislumbrar así la puerta de salida a tan cruel etapa caracterizada por una sistemática violación de los DDHH jamás vista en la historia de la Nación.
El 30 de octubre las ciudadanas y ciudadanos volvieron a votar, cosa que se perdió el 24 de marzo de 1976 cuando el gobierno constitucional de Isabel Peron cae por el golpe de estado que da inicio al denominado Proceso de Reorganización Nacional.
Italo Luder era el candidato del partido que nunca había perdido una elección desde su nacimiento, el peronismo; había sido ministro y su aporte más polémico fue el decreto de aniquilamiento de la subversión armada de los años 70. En esta línea, es que propone para las elecciones no derogar la ley de autoamnistia de la dictadura. Desde su partido, se mostraba un bajo nivel de autocrítica y se insistía con ofrecer al electorado sus figuras más desprestigiadas entre las que se contaba un importante sector de la burocracia sindical que con actitudes patoteriles y autoritarias pretendían llevarse por delante a toda la política en nombre del movimiento popular que decían representar. Sin reflexión ni revisión de ese pasado trágico, fueron abandonados por gran parte de sus bases que viera en el otro candidato un fiel interprete de sus anhelos y deseos.
Ese otro candidato condensaba desde su impronta y energía una profunda renovación de las formas de liderar, pero más que nada de dotar de contenido democrático, tolerancia y profunda convicción ética a la salida electoral luego de los años de plomo vividos.
A lo largo de la campaña, el radicalismo venia denunciando el pacto sindical-militar que intentaba burlar la salida democrática expresada por la voluntad popular, además bregaba por una apertura electoral sin ningún tipo de condicionamiento, donde la soberanía del pueblo sea la legitima fuente de poder político, respetando el gobierno de las mayorías, pero con profundo respeto por las minorías.
El preámbulo de la constitución nacional en los discursos de Alfonsín constituía un programa en si mismo que buscaba reparar en forma pacífica los daños provocados por la sangrienta obra de la dictadura. La defensa irrestricta de los DDHH, el resguardo de la memoria y la búsqueda de justicia se plasmaría luego en la creación de la Conadep y el histórico e inédito juicio a las Juntas militares. No podía ser de otra manera, el compromiso de Raul Alfonsin venia de viejas luchas como abogado presentando numerosos habeas corpus y como cofundador de la APDH.
Consignas que generaron una adhesión popular mayoritaria como defender la vida y la paz para 100 años de democracia vieron su realización también en el marco de la relación con pueblos hermanos, muestra de ello seria el impulso a la Paz con Chile por el conflicto del Beagle.
La participación masiva de jóvenes en las distintas fuerzas políticas era una de las resultantes más significativas de aquel momento, en las aulas, los barrios, las fábricas y todos los ámbitos públicos se sucedían los debates más encendidos que por mucho tiempo habían estado clausurados y reprimidos.
No se puede pensar un fenómeno como el de Alfonsin sin entender que su lucha venia desde mucho antes por renovar la propuesta de nuestro viejo partido. Alfonsin contaba con puntos de apoyo previos que expresaban los más dinámicos y progresistas espacios del Radicalismo. El Movimiento de Renovación y Cambio, la Junta Coordinadora Nacional, la Reformista Franja Morada, la JR y muchos destacados sectores intelectuales de la cultura, el arte, la ciencia y de otros sectores de la política (socialistas, desarrollistas), dieron un aporte sustantivo a la propuesta del candidato.
La obra de nuestro gobierno fue trascendental y en un marco de dificultades enormes. La década perdida para América latina en materia económica, la deuda externa agobiante, los bolsones de autoritarismo que estaban agazapados para atacar en todo momento, las corporaciones y grupos especuladores fueron los mayores obstáculos que marcaron los límites de la transformación. Aun así, el Juicio a los responsables de la dictadura, la Paz con Chile, la ejemplar política exterior, el Programa alimentario, la normalización de las Universidades, el plan de alfabetización, el MERCOSUR, la patria potestad compartida, la ley de divorcio, el plan de salud, por citar alguno de los más resonantes avances progresistas, hablan a las claras del estadista que fue Raúl Alfonsín el padre de la democracia recuperada.
(*) Diputado Nacional (MC)
