.»…Es como un rezo laico, una oración patriótica, que si alguien distraído al costado del camino cuando nos ve marchar nos pregunta; cómo juntos, hacia dónde marchan, por qué luchan. Tenemos que contestarle que luchamos, que marchamos, para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino…».
Y con ese rezo laico pretendo recordar al PRESIDENTE, el maestro, el amigo…como quien recuerda a su viejo, siempre dispuesto para el buen consejo y para compartir sabiduría.
Como se dará cuenta el lector, este escrito no constituye un ensayo que remarque las virtudes políticas de Raúl Alfonsín, la ocasión no es para eso.
Por el contrario es para recordar a ese Alfonsín que nos cautivó en los ochenta, ese amigo, “el viejo”.
Lo primero que rescato es ese tipo fanático de la Democracia. El que educo y me educo en que la democracia no es solo un sistema de gobierno, que eso sería muy pobre, sino que la democracia es una profunda forma de entender la vida. Ese Viejo predicador se sabía democrático y nos invitaba a que todos lo fuéramos.
Ese amor por la Democracia y la libertad, el fervor y la pasión puesta al servicio de la nación nos llevaba a soñar con esos héroes heroicos de la independencia, con esos héroes de tierra adentro y de tierras afuera que construyeron un país. Ese es Alfonsín, el que supo darnos la antorcha de la lucha democrática por una sociedad mejor y más justa.
Predicador que no imponía, convencía, persuadía. No atropellaba, porque tener la mayoría, era una herramienta de construcción de “consenso”. Me animo a afirmar que no sólo estaba “persuadido”, que la persuasión era reflejo fiel de su respeto al otro. Otro, al que jamás obligaría, ni doblegaría. Al que jamás trataría de vencer, porque la dignidad de eso otro, era parte dela propia. Dignidad surgida de la honestidad y la conducta en las convicciones.
Alfonsín y otros luchadores por la democracia y la libertad, entre los que se encuentran mis abuelos Tomás y Rito, me enseñaron que la política es movilización, pasión, épica histórica, es la a vocación y la necesidad humana por concretar un sueño superador. Si no tenemos eso, solo queda la decadencia de estos años, sólo queda el cinismo y la corrupción. Quienes asumen la política como la herramienta de la Democracia no pueden considerase y conformarse con ser sólo gerentes ni utópicos obsesivos.
Raúl Alfonsín, para quienes lo conocimos y asumimos su legado, es como nuestra familia que, amén de los errores, siempre nos recuerda que tenemos una historia como pueblo y nación que es noble y perfectible, que no tiene relato, y de la cual somos los artífices. Nos recuerda que en nuestra vida hemos coleccionado frustraciones, pero también momentos históricos y eternos de gloria. Así ocurre, como en las familias, cuando alguno pierde el rumbo, siempre va a estar “el viejo”, con su rezo laico que te levanta para resurgir de las cenizas.
