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10 de diciembre de 1983. Una vivencia…. una experiencia, y una esperanza

Por: Jorge Allievi

“Se va a acabar la dictadura militar” había sido más que un cántico, un verdadero rezo laico hasta ese día de 1983. Lo rezaban todos los argentinos de bien de todos los partidos políticos y aún aquellos que no lo tenían.


Buenos Aires: Hace 35 años Raúl Alfonsín juraba como Presidente Constitucional de la Argentina, tras más de siete años de dictadura en el país.

Ese día se avizoró desde el amanecer como un día diáfano. Mientras transcurren las horas, como en la alegórica canción de Mayo, “el sol viene asomando”. Pero es diciembre, no mayo. Un día espléndido con ese sol que integra nuestra bandera, radiante, sin una nube que opaque su brillantez. Nunca como ahora ese sol ha tomado una dimensión tan extraordinaria. La carga simbólica alcanza su máxima expresión. Es 10 de diciembre, día internacional de los Derechos Humanos.

“Se va a acabar la dictadura militar” había sido más que un cántico, un verdadero rezo laico hasta ese día de 1983. Lo rezaban todos los argentinos de bien de todos los partidos políticos y aún aquellos que no lo tenían.

Las calles de Buenos Aires y la de las demás ciudades y pueblos del interior del país parecen ríos cuyo fluido no es líquido sino humano. El componente de ese fluido no tiene edad, ni sexo, ni tiempo, ni raza –palabra jodida-, ni idioma, ni credo, ni otra ideología que la amalgame; sólo la de la Democracia recuperada. No tiene bandera más que la celeste y blanca por sobre las demás, aunque, por qué negarlo, las pinceladas rojas y blancas las matizan.

Hay una alegría popular incontenible; tan incontenible que la ansiedad produce sudor y tensión en el estómago.

Nadie quiere estar ausente. Recuerdo a gente que aún con dolencias físicas se movilizaba porque “quiero estar”, porque “debo estar”; lo sentían como una obligación ética después del horror. El regreso de la democracia cura todos los males aunque se diga lo contrario, aún con sus defectos y contradicciones.

Madres, padres, abuelos con sus niños muchos de ellos en los hombros, saltando en las plazas y calles, y edificios donde la Democracia iba a recibir a la República recuperada. Ya es media mañana y entre la algarabía popular, en esas calles de Buenos Aires, se desplazan algunos vehículos presurosos con distinguidas personalidades del mundo, de manera anónima rumbo a la Casa Rosada. Sus ocupantes miran con mezcla de asombro, beneplácito y esperanza cómo ese pueblo, esa masa informe de conciencia se desplaza entre cánticos, gritos, saltos, bailes callejeros, abrazos aún entre desconocidos y con fuertes carcajadas; lo miran desde adentro, como ese espectador que mira desde su butaca de cine la película y trata de entenderla; desde fuera del objeto que trata de analizar. Pero es sencillo de entender: en toda sociedad fuertemente aplastada durante casi ocho años, cuando le quitan la bota, respira aliviada y celebra el estar viva.

Alguna parejita de la mano camina lentamente entre esos senderos asfaltados de la libertad; no se quieren perder nada. Tal vez no quieren llegar para que no termine el reciente despertar y todavía están con sus ojos entre cerrados y pegoteados, y húmedos por las lágrima a la vez; por tener en el inconsciente y en su conciencia toda una historia de desencuentros, persecuciones, silencios, muertes, torturas, desapariciones, mutilaciones, pérdidas humanas y materiales, destrucción de las instituciones, de los lazos sociales, de la dignidad humana… ¡tantas cosas! ¡tantísimas cosas! Uno lo percibe, lo huele con solo mirarla. Esa parejita es una parejita de ancianos tomados de la mano que no puedo ni quiero olvidar.

Uno de esos vehículos lleva en los extremos delanteros del capot dos banderitas, una de Argentina, la otra de España. En su interior viaja el tercer presidente del gobierno de España desde que se instaurara la democracia española luego de la dictadura de Francisco Franco, Felipe González Márquez, “Felipillo”, o simplemente Felipe, a secas. Con él va un periodista y éste le dispara: “Presidente, usted como el Presidente Alfonsín son los primeros mandatarios democráticos después de sendas dictaduras en sus respectivos países; ¿cree que ya la Democracia en España se ha afianzado?” A lo que Felipe responde algo así como, “una Democracia está consolidada después de muchos años, cuando los que gobiernan ya no tienen las heridas de las dictaduras, no conocen lo que es vivir en dictadura, con los odios y miedos de las dictaduras. Por eso es fundamental cuidarla a la Democracia y tomar conciencia, y no olvidar”. Confieso que eso me quedó grabado a fuego obviamente. No era ni es para menos.

El Presidente electo Raúl Ricardo Alfonsín, el nieto de un vasco semi-analfabeto, entra al Salón Blanco de la Casa de Gobierno de la República Argentina. Lo espera el presidente de facto. Éste le entrega los atributos del mando. Otro momento histórico trascendental de altísima carga simbólica: la dictadura derrotada entrega el mando a la Democracia recuperada triunfante y renaciente. El corazón ya se nos sale por la boca. En mi caso, confieso nuevamente, tuve instantáneamente una suba de presión arterial acompañado por un llanto estremecedor (exactamente lo mismo que cuando se leyó la sentencia a las cúpulas militares luego del juicio histórico que las condenó). Era sentir que se quebraba definitivamente el espinazo de la muerte atroz, del aplastamiento espiritual y material del cuerpo social; calculo, no es difícil de entender, que millones habrán sentido lo mismo. El terror en una dictadura es inigualable, máxime cuando se tiene alguna conciencia de ello y de una manera u otra, aún con ese terror, la condición humana nos empuja a luchar, a combatirla. ¡Cómo no iba a tener esa reacción sintomática de ansiedad! Cada uno la asumió a su manera. La mía fue ese gatillo del cuerpo, sensación rara porque a su vez se alcanzaba la máxima conciencia de haber logrado la Libertad, la tranquilidad espiritual junto con la República real y en potencia.

El Presidente de la República Argentina, Dr. Raúl Alfonsín, junto al Vicepresidente Dr. Víctor Hipólito Martínez están en el balcón más simbólico de la historia; simbólico porque allí se anunciaron el nacimiento de la Patria, la declaración de nuestra Independencia y demás hechos fundantes de nuestro ser nacional, el histórico Cabildo de la ciudad de Buenos Aires. Lo acompañaban dirigentes importantes del Partido, entre ellos el querido e inolvidable -principalmente para nosotros en ese entonces la Juventud Radical de Córdoba y la Franja Morada, habiendo sido este dirigente Presidente de la FUC-, Jorge “Nilo” Neder que estaba ubicado justamente detrás de Alfonsín; gran dirigente que a la postre fuese senador provincial, diputado nacional, e incluso, gobernador de Córdoba por unas horas.

En ese discurso, el Presidente comenzó diciendo que se iniciaba una difícil etapa en la que la RESPONSABILIDAD ES DE TODOS, apelando a una ética de la responsabilidad, la que debía asegurar para los tiempos la Democracia y, como era de suyo en Alfonsín por su lucha por los DDHH, asegurar la dignidad humana.

Nada más preciado para Alfonsín -un hombre de doctrina, conductor nato de fuertes convicciones y sólida formación, como buen kantiano-, la ética como categoría superior, lo que conlleva en sí los valores de la Libertad, la Igualdad, que implican a la Justicia en todas sus acepciones.

Al hacer ese introito estalló la plaza y las decenas de miles de gargantas se llenaron desde todos los rincones al solo grito de “¡el pueblo, unido, jamás será vencido!”.

Ese discurso muestra su concepción de la unidad indisoluble entre Pueblo y Conductor, concepción política sin la cual es imposible conseguir los objetivos que cualquier líder conjuntamente con su partido proponen a la sociedad. Y evidencia esa unidad indisoluble  cuando manifiesta, como respuesta a esa sentencia que un pueblo unido no puede ser vencido, al decir inmediatamente que “no hubiese sido completa la fiesta de la Democracia argentina, por lo menos para mí, si no hubiese contado con la posibilidad de volver a encontrarme con Ustedes, para ratificar ante Ustedes, una vez más, que soy el ´servidor de todos´; el ´más humilde’ de los argentinos, y comprometerme ‘otra vez’ a trabajar JUNTO con TODOS para concretar los objetivos que hemos pregonado” (el encomillado simple es mío). Ese “servidor de todos”, el “más humilde de los argentinos” y el “juntos con todos”  no es solamente inclusivo; lo diferencia del líder del populismo el cual está por encima del cuerpo social y que, por el contrario, como corresponde en cualquier democracia republicana, se coloca en un mismo plano, en un pie de igualdad al otro, al que lo ve como un semejante, ni más ni menos.

Pero a qué objetivos se refiere el flamante presidente de los argentinos. A los que claramente desde un inicio -como lo hiciera Yrigoyen en su oportunidad al asumir la primer presidencia popular de la historia argentina con la Constitución como programa-, caracterizara como “rezo laico”; los objetivos que son eternos desde la conformación institucional de la Patria y estampados en nuestra Constitución nacional y definidos en el Preámbulo, Preámbulo con el que finalizara ese brevísimo pero fundamental discurso, acompañado y coreado por los millones de argentinos, que no sólo estaban en esa Plaza-símbolo sino que a lo largo y ancho de la Patria, en cada rincón de ella, que lo seguían por los medios radiales y televisivos en el día que se refundó la Democracia Argentina para la eternidad.

Han pasado 35 años, toda una vida máxime siendo el período más largo y único donde la Democracia se ha mantenido y ha puesto todas las instituciones en funcionamiento, incluso, la que nunca antes había tenido, que un gobierno constitucional entregase el mando a otro también constitucional de distinto signo político.

Lo que vino después es por todos conocidos. Hay océanos de tinta utilizados para analizar, contar, criticar, diferir, coincidir, exaltar, incluso menospreciar lo realizado y no es al menos mi intención en este escrito.

Sólo decir algunas pocas afirmaciones: nuestro gobierno no fue un gobierno condicionado como sí lo fue en el resto de los gobiernos de América cuando retornaron las democracias luego de las dictaduras; que no hay hoy un solo ciudadano de bien que no reconozca que fue un gobierno decente que fue jaqueado por los poderes de las corporaciones y los poderes concentrados; que fue una transición desde el infierno al ejercicio pleno de la democracia, sin claudicaciones éticas de ningún tipo, repito, de ningún tipo; que asumimos un gobierno de diálogo y total libertad, si, total libertad; que se asumió con una América Latina y principalmente una Sudamérica no infectada sino infestada de dictaduras entralazadas duramente por el Plan Cóndor, que pretendían intentar volver al mesianismo y que amparaban, protegían y ayudaban a una estructura dictatorial intacta cuyo impacto inicial a la democracia fue feroz en su resistencia, lo que dificultaba enormemente su desarticulación; a esto se sumaron las corporaciones fascistas y las conservadoras en su fuerte resistencia al cambio a la Democracia y la conquista de derechos fundamentales; un escenario internacional totalmente desfavorable desde lo económico, con mercados financieros y comerciales cerrados, inexistentes, producto de la dictadura, y sin ventajas comparativas alguna, con los precios de commoditys recontra bajos, tasas de interés usurarias y una industria nacional destrozada. Esa sí fue una herencia maldita. En ese contexto tuvimos que desarrollar la difícil tarea de la que Alfonsín conscientemente hablaba en su discurso del Cabildo histórico.

Han pasado 35 años y hemos consolidado la Libertad pero nos falta mucho para lograr la Igualdad. Y hoy más que nunca ante el avance de lo que Bauman definió como “tiempos líquidos” que no permite reaccionar ante la abrumadora y brutal embestida del poder global, ecabezado por nuevas y rapidísmas formas del capital financiero, científico y tecnológico, que no permiten serenarse para analizar y actuar en consecuencia, máxime cuando existe una ideología que nos gobierna y en vez de privilegiar e incentivar la educación, la ciencia, la salud, la industria, la tecnología, el análisis crítico y, fundamentalmente, la unión nacional, no sólo las desalienta sino que pone en práctica políticas claras y concretas de desarticulación del espacio social, trayendo como consecuencia inevitable, por carecer de estos elementos, el aumento de la brecha entre ricos y pobres, el aumento de la dependencia científico-tecnológica, mayor marginalidad y desempleo mayor inseguridad, mayor desprotección social. En síntesis, un país sumergido en la inviabilidad y desesperanza en un marco global y regional altamente complicado y conflictivo.

La solución está en revertir absolutamente este país del revés, lo que sólo se logra con un fuerte cambio cultural en primer medida, con restablecer los lazos de solidaridad y hermandad, los que no solamente están rotos sino que se profundizan por el gobierno al no aceptar que puede haber otras alternativas, en ese peligroso axioma que reza “yo tengo la razón, ergo, es imposible que vos la tengas u otra solución porque solo hay una salida”, negando la viabilidad de otra opinión o propuesta. Está en la necesidad de una reforma profunda del sistema educativo donde el Estado tiene la responsabilidad ineludible de encabezar ese cambio en beneficio de su pueblo y no un cambio que apunte a formatear mentes para ser solo engranajes del sistema de dominación de las corporaciones; un sistema que forme seres humanos no herramientas, ciudadanos con espíritu crítico no sujetos embrutecidos y adoctrinados dentro del fanatismo de las clases dominantes y del mercado; y  una sociedad y dirigencia con un proyecto y modelo de nación distinto al que nos impone un gobierno que, de un inicio neoliberal y plutocrático ha ido mutando a lo largo de estos tres años a un populismo de derecha con pretensiones hegemónicas donde se busca la licuación de los partidos políticos, en particular la de la Unión Cívica Radical, condición necesaria para conformar esta nueva fuerza de derecha.

Debemos honrar el espíritu de esa lucha que nos condujo a la Democracia real y social, a las mujeres y hombres que entregaron sus vidas, sus bienes para conquistarla y luego consolidarla. Honrar los principios por lo que el Radicalismo es la Unión Cívica Radical y no sólo una cocarda más acorde a la ideología del mercado, sin escudo y sin bandera. Debemos volver a las fuentes y abrevar en ellas para no desviarse ideológica y políticamente. Debemos llenar de significado el espacio social, ser parte de su creación y no solo ejecutores de un modelo de una minoría elitista que lo crea y moldea a su imagen y semejanza.

En síntesis, volver a hacer lo que hizo Alfonsín: no salirse jamás de las ideas y de la ética política. No me imagino a Alfonsín bajando a la inmoralidad de pauperizar la educación, la cultura, la ciencia, la salud, la economía en función social, el adocenamiento de la justicia, la prédica mendaz del discurso vacío y tramposo que habla de unidad y en el mismo discurso denigra al que piensa distinto.

Han pasado 35 años y hay una democracia formal que no está dando respuestas a las demandas sociales, solo a las de una oligarquía asociada al poder, y un radicalismo que lejos está de aquel que tenía como claros objetivos “CONSTRUIR la UNIÓN NACIONAL, afianzar la JUSTICIA, consolidar LA PAZ INTERIOR, proveer a la defensa COMÚN, PROMOVER EL BIENESTAR GENERAL, y ASGURAR los BENEFICIOS de la LIBERTAD, para nosotros, para NUESTRA POSTERIDAD (olvidada en toda acción hoy), y para TODOS los hombres DEL MUNDO que QUIERAN HABITAR EL SUELO ARGENTINO (sin distinción alguna)”.

Han pasado 35 años y Raúl Alfonsín ya no nos pertenece. Pertenece a la historia de los grandes hombres que construyeron el bien de la Patria. Pertenece al Pueblo Argentino y Latinoamericano.

Que así sea.

(*) Jorge Allievi,  Militante Político.

 

 

 

 

 

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